El poder se siente a sus anchas cuando deja de lado a sus ciudadanos. Es ley de vida. El mundo de las decisiones políticas, que las finanzas arrastran a su antojo, no piensa en el ciudadano con nombre y apellidos. El poder no tiene en cuenta al ciudadano con sus problemas y acusaciones indirectas. Sabe que este saldrá de sus apuros personales si la sociedad que gobierna sigue un rumbo en el que las decisiones se toman en nombre de la mayoría. El ciudadano descontento, que no se identifica con grandes proyectos, siente la hipocresía de las cosas, pero a duras penas tiene fuerzas para rebelarse. Bastante tiene con sobrevivir. Solo los atrevidos que leen la letra del contrato, reclaman una postura crítica con el que manda en las cosas grandes y también, aunque no lo pretenda, en las pequeñas. El ciudadano lúcido siente la incomodidad de que le tomen por un ingenuo, sopesa la pérdida de tiempo que supone subrayar las contradicciones y las mentiras del poder y descubre su impotencia ante unas declaraciones que no respetan su inteligencia.

El poder cede espacio a otros poderes. Es la ley del equilibrio: a un poder internacional se le contrapone otro. Y al nacional le siguen otros periféricos. La lista es interminable, en la periferia abundan otros repartos supeditados a decisiones democráticas. El ciudadano, asombrado, rinde pleitesía a tantos representantes del poder local, regional, autonómico, nacional o internacional de la llamada sociedad laica que bastante tiene con recordar su propio nombre y dirección en la jerarquía que impone la sociedad política. El ciudadano es como el lector de libros: no le gusta que lo tomen por lo que no es. Su capacidad de asombro se pierde en el ámbito internacional, su entendimiento se dispersa en el nacional y se concentra en lo que conoce de primera mano. El ciudadano se fija –en una primera escala– en el poder más cercano: en su ciudad, donde reconoce a los que tienen algo de poder porque siente que les puede tocar con las manos. Pero la sorpresa aumenta cuando en un escalafón pequeño el discurso se transmuta en otro que no coincide con las necesidades del ciudadano. El ciudadano es como el lector al que no le gusta que le tomen el pelo. No sabrá teorizar su descontento, pero, ante las palabras vacías de unos dirigentes que hacen política ciudadana como si ordenasen el mundo, toma luego decisiones que sorprenden al poder por muy pequeño o grande que sea.

© Fotografía: Raúl Fijo, 2021.

El Corredor Mediterráneo, Nº 975, 29 de septiembre de 2021.