Y si te dijera –en susurros–
que está más cerca que lejos,
y que al final de nuestras vidas
no tendremos en las manos un libro de poemas
o –si lo deseas– uno de oraciones,
sino un temblor que nos unirá al universo:
a esa nada que se abre ante uno
con los ojos cerrados.
El último día no será igual a otros:
el recuerdo no tendrá fuerza
ni la memoria recurrirá a aquello que parecía posible
y se disolvió en el vacío.
Puede que se olviden los nombres
o que los olores reaparezcan en el sueño,
pero unos y otros pensaremos en quiénes somos,
y ante el destino separado de los que nos rodean
nos preguntaremos a cuánto hemos amado.
Más allá de lo que sienta una madre
o de eso que a veces piensa el padre,
o de eso otro que pudieran sentir los hermanos
que aún están vivos o de eso también
por lo que lloran los amigos,
nos preguntaremos cuánto nos amaron.
Con un sentido diferente ante lo que no vemos,
con un nuevo cerrar de ojos con cada lágrima,
con un temblor nuevo en cada palabra,
desaparecerá el temor al final de todo
y el silencio protegerá la respuesta.

© km, del libro inédito (b)Autismo de las plantas y los pájaros.