Entre tantas palabras que tenemos a mano, debemos pensar entonces en la escritura que da forma a nuestro pensamiento, y entre tantas palabras que quedan disueltas en el aire del silencio, debemos fijarnos en aquellas que elegiremos para explicar los sentimientos y describir los estados de ánimo, así como las que nos acompañan, esas que observamos en el espacio y que son las que describen los objetos que nos rodean, el color del mar o del cielo, y que explican a los demás si llueve o hace frío, si viajamos en coche o vamos a pie.

Nuestro cuerpo se explica con nuestras palabras y nuestro pensamiento se abre a los demás con las que pronunciamos, con las palabras que utilizamos en medio de numerosas pausas que sirven para tomar aire, respirar y sentir el silencio.

Una vez que se siente el silencio, todo comienza a andar. Es como cuando nadamos en el mar: primero, movemos un brazo y luego otro; después, un pie y otro, y, finalmente, flotamos y avanzamos como si nada, sin apenas esfuerzo, una vez que hemos aprendido y nos hemos acostumbrado.

Así es el cuerpo de las palabras que avanza lentamente y flota en el aire, y así su poder y su evocación que se escucha en los oídos, mientras aquellas que compartimos quedan con un eco sostenido durante algún tiempo.

El tiempo de las palabras es necesario, con ellas nos explicamos, nos conocemos. Gracias a ellas, además, nos ven los demás, nos observan. Por las palabras que se utilizan, por su peso, sabemos cómo somos y cómo nos ven los amigos y los compañeros de trabajo, hasta conocernos, de verdad, con las palabras que elegimos para explicarnos.

Fragmento del libro, Cambiar con la escritura, Amazon 2020.