No tener trabajo es duro. Sentir el peso de la vida sin un oficio y no saber, además, a qué te vas a dedicar es enfermizo. Es lo peor que le puede pasar a un hombre curtido en mil labores antes de la crisis. Lo peor para una mujer que busca su lugar en el mundo más allá de las labores de su casa. Lo peor para el muchacho que anda en la calle con mil peligros que se descubren finalmente, por costumbre, por desarraigo, por fatalidad, casi sin importancia, sin riesgo. Para el estudiante que observa que sus años de aprendizaje no sirvieron. Para la muchacha que no tiene otra opción que imaginar que la vida es la que se ve en las pantallas. Pero no tenerlo para un escritor es un sufrimiento doble, perverso, pues él escribe sin cobrar por su trabajo, mientras duda entre invertir su tiempo en encontrarlo o en seguir escribiendo hasta que se le cruce en el camino la buena suerte. Pero lo que se le cruza es la risa del destino que gira su cara cada vez que alguien como él piensa en el devenir de su vida y sigue pensando asimismo en el devenir del mundo. Confundir su vida con el mundo es parte de ese oficio donde la ficción se toma por realidad y la mentira más despiadada pasa a convertirse en una sabia decisión o en una verdad satisfactoria porque a menudo se termina por creer como cierto lo que en el pasado se sentía como necesario.

Mas los días pasan y nada se resuelve con amontonar páginas escritas sobre el calendario cuando se tiene un oficio que no tiene futuro. Quizá ni siquiera un presente cuando se descubre una labor sin una recompensa monetaria para poder sobrevivir. No tener trabajo será la suerte de muchos ciudadanos en este siglo XXI y será el castigo de los artistas que intentan vender su alma por tener un poco de pan que llevarse a sus bocas y un poco de dinero en sus bolsillos; ya se sabe, para los gastos. Pero los gastos serán enormes como enorme será el esfuerzo. Cuanto más tiempo y energía se dedique a escribir, menos serán las ganancias y se reducirá la recompensa. Salvo para aquellos asimilados por el poder o instalados en el éxito, pues el resto será parte de una sombra en las cuatro paredes de su casa mientras sueñan con que el mundo cambie y el viento de la esperanza traiga un aire que les levante del suelo más resbaladizo, por donde, casualidades de la vida, siempre se caen los mismos y donde, lamentablemente, pocos se levantan, aunque sea para cambiar de registro, reinventarse o hacer otra cosa.

No tener trabajo si lo tienes, es de locos. Levantarse por la mañana para caer al final de la tarde es acortar el descanso de la noche. Caer y levantarse, levantarse y volver a caer para que no se encuentre la paz que se busca cuando se piensa que se trata de vivir y de no alejarse de la escritura para no volverse desquiciado. Qué contradicción la del escritor cuando reflexiona de este modo sobre su oficio. Qué triste realidad cuando nadie lo lee. Qué sufrimiento verlo como un amo de su casa, pero que depende del trabajo ajeno. Qué falta de libertad cuando no puede salir a la calle a respirar, tal como lo hacen esos muchachos a los que él describe como salvajes o mezquinos, sin compasión por el dolor ajeno y sin respeto por el género humano.

© De la fotografía: Miguel David.

Publicado en El Corredor Mediterráneo, 4 de noviembre de 2020.
Argentina, año 21, nº 928