Son así los designios de la vida en julio. Todo lo que parecía pesado se muestra de otra manera. Aquello que se pensaba trascendente tiene su peso liviano. Lo que parecía increíble se puede tocar con las manos; lo que se sentía como inevitable puede cambiar por momentos; lo que podría ser mitad locura y mitad ilusión puede ser verdad en el momento en que uno sale a la vida con menos ropa que hace unos meses atrás, con menos cargas que antes, con más alegría, y con una osadía que nos lleva a creer en lo que se hace y que nos lleva a sentir como propio lo que parecía alejado. Al fondo queda todo eso, lo ajeno y lo lejano y, sin embargo, con la luz de estos meses de verano, lo cercano, lo más próximo, está a punto de ser cierto. Volver ahora al pasado no tiene sentido; lo tendría para recordar los fallos cometidos o si quisiéramos reflexionar sobre los errores que nos hicieron confundir el ritmo y el rumbo de los acontecimientos. Respirar en julio es hacerlo con los sentidos iluminados del cuerpo y los ojos y los oídos muy abiertos.

Fragmento del ensayo inédito, Libro de las estaciones.

© De la fotografía: Mónica Picorel.