Todo autorretrato sirve para reconocer al autor. Los hay que se adelantan a su tiempo y pintan a la persona en la que se convertirán. Algunos artistas difuminan sus rasgos hasta límites insospechados; otros se embellecen por fuera o eliminan los rasgos marcados de su rostro. Hay quien se pinta o se fotografía con una decoración determinada, con unos símbolos que pudieran hablar de él, que nos muestran tal como se ve ante los demás. Sin embargo, como a menudo no somos lo que somos, sino que somos lo que ven los demás, los autorretratos se convierten en objetos delicados para todos, para el artista o para el poeta, por ejemplo; tanto o más que para los espectadores porque todo autorretrato contiene una trampa. Su intención es retratarse ante los demás, pero a menudo son los demás quienes se posicionan ante el retratado. Todo autorretrato debe reconocer al autor al fin y al cabo.

En mi caso, he de decir que se me hace extraño reconocerme con el paso del tiempo, pero sé muy bien cuándo y cómo escribí mis autorretratos. Recuerdo qué pasaba por mi cabeza en aquel tiempo, cómo vestía o la música que escuchaba en diferentes días; los amigos que estaban a mi lado o la soledad que me perseguía allá a donde fuera. Recuerdo si tenía o no trabajo, si tenía o no dinero, si pasaba hambre o la vida me iba más o menos bien. Todo autorretrato es la verdad de un instante. En mi caso, he de decir que es mi verdad. ¿Qué podría añadir para que se me viera tal como quisiera que se hiciera? La respuesta podría ser larga: me considero un hombre que, con el paso de los años, ha sabido controlar su vanidad y que después de haberse apartado de las ambiciones mal dirigidas –esas que nos hacen perder el norte de la conciencia y el piso firme–, durante tiempo se ha ido dibujando con palabras, tal como corresponde a un poeta, con la intención de no verse a todas horas como una persona que vive el mismo tiempo. Pero la intención era recordar lo que se vivió de lleno en cada una de las fechas. O lo que es lo mismo: no olvidar lo que se hacía, lo que se pensaba y cómo se vivía, con la secreta intención de no cambiar el dibujo de cada instante porque si lo hiciera, dentro de mí, algo me dice que es traición.

© Prólogo del libro, Autorretratos, El desvelo, 2017.
Kepa Murua, 10 de abril de 2017.