He escrito mucho para llegar hasta aquí.
Poemas sin éxito, hojas de hierba sin lectores,
árboles torcidos ante las raíces del presente.
He llegado a completar un vacío, inmenso donde los haya.
Sé hacer otras cosas, pero quizá mi función sea esta:
escribir poemas para unos pocos lectores.
Para unos pocos lectores –­cada vez menos–
que desean sanar su ceguera y curar su intranquilidad,
pero no en un palacio remodelado.
Sospecho que la vida continúa con cada salto:
el salto de una página a otra, de un sentido a otro,
y que permanecen en las ramas del olvido, unas junto a otras.
Todo comenzó con un primer libro donde no se dice nada
que no se haya dicho en otros.
Pero cuando el poema se desprende del tronco de la página
su alcance es ilimitado:
poemas que se liberan y piensan por sí mismos,
brazos en los codos de cada instante,
caricias en una lengua distinta,
oídos en unos oídos diferentes.
Separados en una primera instancia de los lectores
como las almas de los vivos y los muertos.
Ojalá no me lean todos.
Que no sean muchos.
Unos pocos son suficientes.

Del libro inédito, Escribir y volar.