Me acostumbré a que no ocurriera, pero, aun así, todas las veces, siempre sí, pensé que no bastaba con ponerle el empeño necesario, cuando previamente sabías lo que querías hacer y adónde podrías llegar, tanto como ponerle mucho amor y esas cosas que creía necesarias para obtener el reconocimiento, como el tiempo necesario que has de dedicar, la máxima concentración que has de tener y toda la pasión que has de inculcar e insuflar a todo lo que haces cuando escribes un libro, por ejemplo, y lo publicas más tarde. Cuando llega ese día, con el libro en la mano, esperas lo mejor de todo: más lectores, éxito, eso que nunca ha ocurrido. Y sin embargo, de la misma manera que me acostumbré al fracaso, cada vez que empiezo vuelvo a repetir los mismos pasos, tengo las mismas sensaciones, quizá una concentración mayor, una dedicación y una pasión extremas. Finalmente, cuando me quedo solo, me doy cuenta de que me gusta lo que hago, que amo mi oficio y que, pese a la falta de éxito, el trabajo es lo que me mantiene vivo. Todo hay que decirlo: me acostumbré, pero no me di por vencido.

Fragmento del ensayo inédito, Libro de las estaciones.