Sales de casa, dejas la soledad por unos días, ves a los amigos y te encuentras con los lectores con el pretexto de los libros que se escriben y se leen antes o después. En ese momento se siente plenamente la vida que fluye con un sentido parecido entre unos y otros, por más que a todos nos pese con brutalidad la distancia que nos separa en muchos momentos y que nos carcome lentamente por dentro. Pero, en ese instante, el desconocimiento de lo que pasa en sus vidas, tan distante cuando se está solo, desaparece rápidamente cuando les ves la cara, notas el brillo de sus ojos, escuchas sus voces y sostienes con tu mirada esas conversaciones que son de todos porque son parte de cada uno. Entonces, la incertidumbre desaparece y vuelves a casa con la sensación de que el trabajo que haces es útil, que el oficio sigue su curso y que lo mejor está aún por llegar en un tiempo próximo, cercano, al que una arruga invisible envuelve con su protección profunda: esa que cubre la línea del amor que ahonda en el interior de la amistad que no hace falta que se explique porque es de todos y es de cada uno.

Fragmento del ensayo inédito, Libro de las estaciones.