Un café como recompensa

En la sala me esperan unas ciento veinte personas y tras la presentación por parte del coordinador, comienzo mi exposición que sorprendentemente sale impecable. Muy bien. Mejor que nunca: las ideas vienen una detrás de otra, las palabras salen con claridad y el tono de la voz está donde debe estar, en su sitio. El coordinador me avisó: “es gente dura, son personas mayores, del campo, si no les interesa van a los suyo, pasan de ti de inmediato”. Sin embargo, estuvieron atentos a mis palabras en una hora y media donde les hablé del oficio de escribir, del oficio de poeta, como si el poeta fuera el campesino que cava con palabras su parcela, su tierra. Les hablé de la vida, del terrorismo que se confunde con la revolución e, incluso, del amor. Para terminar elegí un poema que habla sobre la muerte. Estaban tan contentos que me invitaron a merendar. El coordinador añadió: “solo se reúnen en los funerales y en estas pocas ocasiones con el pretexto de una conferencia, pero nunca antes insistieron en que el ponente se quedara a merendar con ellos. Cuando recitaste los poemas, especialmente ese de la muerte de uno, más de uno estaba muy emocionado”. Lo que no sabía el coordinador del evento es que los poemas fueron improvisados. Recuerdo lo que dije a mitad de la charla: “Había llegado la hora de decirle al lector: mira, no has entendido nada hasta hoy, pero ahora lo vas a entender porque te lo voy a explicar sencillamente como a un niño de doce años. Y te lo voy a explicar en poesía contándote historias, mías y de otros, que reconocerás también como tuyas. Porque es entonces que se me mete la vida. Se me mete la vida hasta las entrañas y no me suelta y me golpea y me deja K.O., extenuado, porque me hace daño lo que escribo y porque he escrito un libro de poemas que es como un libro abierto de lo que sucede alrededor”. Que no bebiera vino se podía justificar porque debía volver a la ciudad en un viaje nocturno de unos cien kilómetros. Nada más aparcar el coche en el garaje, antes de subir a casa, entré en el bar y pedí un café como recompensa.

Fragmento del tomo 2-1 de El Escuchador: Todos sonrieron.

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