Un hombre pacífico

Soy un hombre pacífico, sereno, incapaz de hacer daño a nadie, incapaz de matar una mosca, pero en mi profesión de escritor a menudo me comporto como un guerrillero que no quiere dejar muchas pistas tras de sí para evitar futuras complicaciones. No soy un provocador, eso lo dejo para los más exhibicionistas y vanidosos; tampoco soy un loco, eso lo dejo para los que tuvieron éxito alguna vez y se lo creyeron; no soy un ingenuo, pues conozco mejor que muchos las artimañas y componendas del mundo editorial; tampoco soy un iluso, creo que puedo confesar que conozco la corrupción de los premios literarios –a los que nunca me presento–, mejor que esos que hablan de ellos como si fueran otra cosa bien distinta a la que es; no soy un loco ni un vehemente ni un radical, pero siendo pacífico y escuchando a todos por igual, en medio de un ruido que podríamos considerar como razonable para poder subsistir y respirar con decencia, a menudo me comporto como un revolucionario que no quiere dejar muchas pistas tras de sí para evitar futuras detenciones. Con este nombre no me queda otra. Me presento casi de un modo invisible ante los lectores; pasa el tiempo, pero yo estoy ahí, sin que se den cuenta, observándolos, haciendo como que miro a otro lado, pero sin olvidar mis objetivos, yendo tras mis metas, mientras puedo pensar que reivindico la autenticidad de un viejo oficio pese a los posibles encontronazos que se puedan tener y a los fracasos que son muchos más de lo que la gente se imagina.

(Fragmento del tomo 2-1 de El Escuchador: Todos sonrieron)

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