Un domingo para «El Escuchador»

Un domingo puede ser el mejor día para escribir cartas. Para responder a algunas que se recibieron y el mejor también para escribir alguna que quedaba pendiente de escribir, aunque no se espere una respuesta. ¿Por qué la gente no responde a lo que se le pide con educación? ¿Por qué la gente no escribe si se la escribe? Yo lo hago y no por ello me he convertido en un escritor compulsivo ni en uno especializado en cartas de amor. No soy una persona obsesiva que escribe sin parar a los editores. Recuerdo la correspondencia entre escritores y sus hijos o entre escritores y sus padres, como lo hizo Kafka en su día cuando escribió: “mi amor, no tengo más remedio que dejar esta carta, aunque para mí es como si me arrancaran físicamente de tu lado”. En fin, lo hago para disuadir a un pelmazo que llamó a El Escuchador y que ahora se pasa de la raya: “Creo que debe dejar que la editorial haga su trabajo. En cuanto al mío, debe comprender que estas y otras cuestiones relacionadas con el mundo editorial son parte de él. Ahora mismo por ejemplo preparo un nuevo libro que se publicará en breve y he de responder, además, a varias cuestiones más relacionadas con mi trabajo, por lo que si desea que trabaje para usted debería solicitarme un presupuesto. Un saludo cordial. El Escuchador”. Unos días antes nos cruzamos otras; apunto, para no olvidar las suyas, porque tengo la sospecha de que se aprovecha de mi buena voluntad y de la misma manera que no se da cuenta de lo malos que son sus libros, no sabe que lo hace. ¿Por qué la gente no sabe valorar lo que pide? ¿Por qué la gente no sabe si escribe bien o mal? Todo empezó cuando le detallé mis servicios y cuando le aseguré que no le iba a cobrar por la primera entrevista. Un día para escribir cartas. Un día para recordar las de Osvaldo, un escritor perdido donde los haya, y que dio con El Escuchador, sin reconocer siquiera que este podría ser un trabajo serio. Apunto una de las suyas: “buenas tardes, le cuento que acabo de escribir a la editorial que me recomendó y que, como me dijo, durante años publicó sus libros. Les envié copia de mi biografía literaria y les dije que usted me había recomendado que les escribiera. Pues, sin querer abusar de su amistad y acudiendo a su generosidad para con un poeta como yo, le ruego, por favor, si le preguntan por mí (ellos), en lo posible pueda ayudarme. Y lo digo por bien. Le agradezco en verdad si me puede ayudar, en caso de que ellos pregunten. Sé que me comprende. Por su amistad y su gesto amable de ayudarme, se lo agradezco desde mi poesía. Un abrazo.”. El mismo día escribió otra: “buenas tardes, por favor, le ruego con todo respeto darme el nombre de dos editoriales que a bien me recomiende y que lo conozcan a usted. Y si sabe, dos de universidades privadas, por favor… Yo asumo la gestión de hablar con ellas… Mil gracias, se lo agradezco. Osvaldo, poeta.”. Y alguna más algunos días antes: “buenas tardes. Mil gracias por sus amables orientaciones y por su inestimable ayuda. Otra pregunta: ¿existe alguna editorial de algún amigo suyo y que usted me recomiende? Me refiero a una de esas que miran el manuscrito y a lo mejor lo acepten. Y ¿me podría recomendar por último una universidad extranjera o una institución que apoye la publicación de libros literarios? En verdad, mil y mil gracias por su más que valiosa ayuda. Un fuerte abrazo. Osvaldo, poeta y amigo”. Estas cartas me recuerdan otros encuentros. Podría recordar a la ilustradora de libros que hace unas semanas buscaba un autor para sus textos y un editor para sus futuros libros infantiles que, según ella, tendrían un éxito sonado; podría mencionar a ese actor que quería utilizar mis poemas en sus recitales o a ese otro músico que quería que lo ayudara en una selección de textos para ser cantados en sus actuaciones. Podría recordar a ese autor que quería que le corrigiera sus libros o a esa madre que pretendía que leyera lo que había escrito su marido. ¿Dónde están esos clientes de El Escuchador que prometieron llamarme e insistieron en que me pedirían un presupuesto? ¿Dónde ese joven de tez morena que iba a entregarme su historia hacia finales de año para que le diera una o dos vueltas, las que hicieran falta, hasta que el libro fuera comprensible para cualquier lector? ¿Dónde ese autor que quería que lo ayudara en la publicación de sus dos novelas y sus tres libros de cuentos, todo a la vez, con el fin de que se viera su trabajo con una unidad que solía podía ver él? ¿Soy tan ingenuo, tan iluso por creer en sus palabras? ¿Un escuchador por no saber interpretar sus necesidades ocultas y un ingenuo por no saber esclarecer a tiempo sus posibles mentiras? O sencillamente todo esto es la consecuencia inevitable de una manera de proceder que tiene la gente que no sabe lo que quiere y que va de un lugar a otro hasta encontrar el camino. Recuerdo a aquella mujer que después de diez años de no vernos se acercó un día y me dijo: “¿te acuerdas de mí? Siempre estaré agradecida por lo que hiciste por mí, sin nada a cambio. Es más, creo que luego no te volví a llamar, pero ahora que te veo quería decírtelo”. No recordaba lo que hice por ella, pero eso fue lo que escuché en una confesión que parecía verdadera. Como lo fue una de las primeras cartas que yo escribí a Osvaldo: “es sencillo, se envía el manuscrito y si lo aceptan, se publica sin más. No obstante, para un autor desconocido es más difícil. Una opción intermedia es recurrir a la autoedición o a la ayuda por parte de una universidad o institución extranjera que se comprometa en los gastos de la edición Una vez que se publica un primer libro todo es más sencillo, más tarde”. Osvaldo respondía a las cartas, pero con la última no veo su nombre por ninguna parte. Son así los domingos donde muchos escritores escriben sus cartas y donde muchos más esperan recibir una respuesta. Como yo, que por suerte, recibo una de ella:

Media noche y no dejo de pensarte. Siento mi mente en otro nivel. El mundo colapsa mientras el amor nos salva a ti y a mí.

(Fragmento del tomo 2-1 de El Escuchador: Todos sonrieron)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *