Entrevista en la revista Pérgola

Bilbao, por Alex Oviedo.

 “Reivindico el oficio de poeta”

Seis poemas por cada uno de sus dieciocho libros conforman la primera antología  de Kepa Murua, El cuaderno blanco, un poemario surgido a partir de un trabajo de la poeta Catalina Garcés, “que conoce mi obra, hizo una selección y escribió un bonito prólogo; y de la apuesta de Javier Fernández Rubio, editor del Desvelo, que ya había publicado mi obra narrativa”.

– ¿Por qué una antología?

Me sirve para presentarme a los lectores que quizás no me conozcan o a aquellos que no pueden encontrar algunos de mis poemarios.

– ¿Se ha reconocido en esos poemas?

Sí, y eso que tenía cierto temor. Veo a un joven perdido, desorientado, pero con ganas de reivindicar su voz poética. En todos los libros subyace esta reivindicación del oficio.

¿Hay diferencias entre el poeta de antes y el de hoy?

El cambio radical de mi poesía comienza con los poemas publicados a partir del 2011: Lo que veo yo cada noche, Ven, abrázame y Escribir la distancia. Estos libros tenían como colofón La felicidad de estar perdido, un canto amoroso a la aceptación de la vida, pese a torpezas o sinsabores. Creo que en ellos, o en otros anteriores como Siempre conté diez y nunca apareciste, estaban algunas de las claves de mi poesía: el amor, el desamor, el deseo, la aceptación o no de la realidad.

– Siempre pensé que su cambio poético era El gato negro del amor.

Quizás porque en ese libro aparece una voz más narrativa. Con él pasó algo curioso: se publicó al tiempo que Poesía sola, pura premonición, un volumen extenso que pasó, sin embargo, desapercibido. El gato negro del amor tuvo mucho más recorrido crítico y de lectores, con esos poemas a mi padre, a mi madre…

– En su trayectoria hay libros escritos durante años: Poesía sola, pura premonición, Autorretratos...

Trabajos que empecé hace treinta años. Comencé Poesía sola, pura premonición en Berlín en 1989, un libro que tardé en cerrar más de una década.

– ¿Berlín tuvo mucho peso en su poesía?

Sin duda. Era un joven sin expectativas laborales, que no quería atarse demasiado; y además de quitarme la losa del terrorismo pasé de un pueblo como Zarautz a una gran capital en la que abundaba el arte. Conocí a artistas que con poco hacían mucho y que reivindicaban que ya lo eran aunque no tuvieran obra. A mí me daba vergüenza decir que era poeta porque apenas tenía un libro –Abstemio de honores se publicó entre mis ideas y venidas a Berlín-. Incluso el germen de la editorial Bassarai nació de allí.

Julio, 2019

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