El cuaderno blanco

Pueden parecer casi treinta años, los que a la fecha de esta antología suman la experiencia del escritor Kepa Murua, pero es evidente que son muchos más, puede parecer que sus poemas fueron escritos en el orden en el que fueron publicados, como alguna vez lo aseguró la crítica, pero esto no es del todo cierto. Nacido en 1962, ya desde su juventud dibujaba en el papel aquellas palabras distintas con las que quería retratar el mundo más cercano: su mar, su tierra vasca, la inmensidad del paisaje y la realidad que iba puliendo en su personalidad cierto pesimismo frente a la vida y al deseo que se confunde con el amor —tanto por las cosas materiales como en la relación erótica—, pero lo hace en castellano y no en euskera, quizás como muestra de su descontento frente a los duros años que tuvo que vivir antes de que acabara el franquismo y con la aparición de ETA; quizás para que su voz fuera escuchada no solo en su Euskadi sino en toda España, y en todo el mundo.

Esos años entre el surgimiento de ETA y los últimos de la dictadura franquista, lo llevaron a tomar decisiones importantes en su futuro como escritor. Licenciado en Historia del arte y después de cumplir con el servicio militar obligatorio, se ve inmerso en una realidad de pocas oportunidades, sumada a la violencia y la llegada de las nuevas drogas que confundieron a muchos jóvenes de aquella década de los años ochenta. Es entonces cuando decide viajar a Berlín, donde se abren para él nuevas posibilidades, nuevos caminos, y es allí donde toma la decisión de escribir en castellano sin dejar de ser vasco y lo hace escogiendo la poesía, una, con la suficiente fuerza para transmutar las palabras en sencillas verdades que describen al cuerpo, al amor y a esa imposibilidad de hacernos entender la esencia de las cosas cuando en apariencia todo es claro sin serlo.

Desde sus primeros poemas hay un ánimo de sabotaje del amor romántico y de la familia, pero en el fondo no es más que la defensa de los verdaderos afectos como únicos responsables del mejor porvenir y de la esperanza en la vida; su poesía es una lucha no armada, ni extrema, sino artística, usando la palabra creadora que año tras año se va acercando más al canto y a la oración. Esto último no es difícil de observar en la selección de poemas aquí reunidos, y es más evidente todavía en los títulos de sus libros: Abstemio de honores; Siempre conté diez y nunca apareciste; Cavando la tierra con tus sueños; Un lugar por nosotros; Cardiolemas; Las manos en alto; Poemas del caminante; No es nada; Cantos del dios oscuro; El gato negro del amor; Poesía sola, pura premonición; Escribir la distancia; Ven, abrázame; La felicidad de estar perdido; Lo que veo yo cada noche; Autorretratos y Pastel de nirvana.

En Berlín escribe sus primeros poemas, en Berlín también los quema, como sometiéndose al viejo ritual del fuego que destruye pero que también renueva, es allí donde se convence de que es en realidad un verdadero escritor: lo hace en libretas, cuadernos, hojas sueltas y servilletas como él mismo lo cuenta en su ensayo Poemas de la servilleta. Cada uno de estos cuadernos es un documento que da cuenta de una época, de una mirada atenta a lo que acontece a su alrededor pero también de lo que sucede adentro, en el interior del hombre más que del poeta, pues es ante todo un hombre, uno de los más sinceros a la hora de reconocer sus temores, debilidades, también sus aciertos y su fortaleza. Y es esa verdad la que ha hecho que sobre él recaiga la etiqueta de “autor de culto”, que tan poco le gusta, un cartel que al parecer pesa más como “autor oculto”.

Con todo lo anterior, he querido llamar a esta antología El cuaderno blanco, como ha sido llamado también uno de sus poemas. Es un título que proviene de una frase que aparece en otros escritos suyos. Es una alegoría a la hoja o la libreta que lleva todo real escritor en su bolsillo para consignar en ellas las ideas que luego serán obra acabada. En cuadernos están también todos sus poemas, pues hay que decirlo, Kepa Murua es un escritor de pulso, de tinta más que de teclado, pues a este recurre tan solo para transcribir y dejar registro ordenado de su creación. El poema mismo es también la clara descripción de su postura, del recorrido entre lo que se piensa y la sinceridad y valor que hay que tener para decirlo sin cortarse, sin temor a lo que puedan pensar y al daño que con las palabras se puede hacer a otros, aunque no lo queramos; es la responsabilidad que se debe asumir cuando se acepta una condición a la que jamás hay que traicionar. Es el compromiso de todo artista, porque “No todos emplean las mismas palabras. / No, no todos pronuncian igual / las promesas incumplidas… y continúa:

Las palabras entre las que nos justifican,
entre las que mueren al pronunciarlas
y al abrir la boca
las que desaparecen sin más
no nos hacen culpables o inocentes
de lo que acontece en el mundo
ni responsables de lo que nos pasa.
Las envueltas en plástico
las envenenadas, las ilocalizables
como las que no se piensan pero se dicen
como las que no se sienten pero se dicen
son las que conviven con nosotros.
Entre las palabras, el daño.
Entre la vida y la muerte, las de ternura.
Entre las de silencio, las de amor.

Así el poeta se entrega también a sus lectores, al fin y al cabo, no es posible existir sin ser nombrado y mucho menos sin ser leído, es la relación de reciprocidad que nunca acaba, como el símbolo del infinito en medio de la creación:

Nadie como tú para pronunciar mi nombre.
Nadie como yo para saber lo que sientes.
Nadie entre las palabras
que pronuncias a diario.
Y nadie como nosotros para repetir
estas que no nos pertenecen
cuando las escribimos en silencio
en un cuaderno blanco.
En un cuaderno blanco
como la nieve que cae
o la mano helada que acaricia tu rostro.

La importancia de esta antología radica en que en ella se hace posible encontrar la ruta que ha seguido a lo largo de su trayectoria como escritor, sus cambios y evolución, de cómo poco a poco su poesía ha dejado de ser lamento para convertirse en oración y cómo de oración ha pasado a ser un llamado a la consciencia de todo ser humano. Como el mismo poema antes citado, en el que las palabras al final nos llevan a un ideal, a la paz del cielo:

Entre las palabras, el engaño.
Entre las pronunciadas, las más bellas sin significado.
Entre las que se callan, las verdaderas.
Y las auténticas, las del silencio contrariado.
Las que se sienten aproximarse
como cuchillos inexistentes.
Las que sin desdecirse
suben sin más al cielo.

Son ciento ocho poemas, seis escogidos de cada uno de sus poemarios que, en conjunto, constituyen el cuerpo del autor, la posibilidad de una mirada panorámica y casi global de su obra para el lector atento que verá en ella la idea que no es solo inspiración sino también premonición y trabajo constante y consciente, disciplina en un escritor que al retratarse describe minuciosamente la realidad del mundo. Conocer al hombre es conocer al poeta, leer su poesía es conocer una realidad que a veces se nos escapa.

Catalina Garcés

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *