3 poemas en la revista Athena

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Ah, si tú supieras cómo se vive solo
más allá del encuentro de la muerte.
Más lejos de la ciudad soñada,
atado a un sendero de pocos metros
donde se abre el mar a lo lejos
y los árboles nos muestran la senda del cielo.

Si tú supieras.
Si supieras.
No es un paraje solitario la vida
pero vive a su aire su reflejo.
No es un alma escondida
ni un susurro negado.
No es el frío de la hierba
ni la humedad de la montaña
con el polvo reseco de la autopista.

¿Cómo se dice en tu lengua
la palabra camino?
¿Cuáles son tus aficiones?
¿Cuáles tus distracciones?

(Fragmento de La felicidad de estar perdido
en la revista trimestral brasileña «Athena», nº 9 de 2019).

De temblores (Fragmento)

Así es, me digo, sospecho que se trata del mismo silencio que me aísla de los demás y me resguarda, incluso, de mis sentimientos. “Dos personas son una cuando después de amarse se presentan al mundo sin complejos, sin interferencias”, vuelvo a leer en voz alta lo que escribí en el cuaderno.

Pero el escritor sabe, mejor que nadie, que después de las primeras palabras que se escriben para constatar lo que se vive, la vida sigue su camino en el momento en que se fija la mirada en unos ojos que observan mientras se pregunta y al mismo tiempo se intenta responder, con calma, con delicadeza, también a lo que siente la mujer mucho antes que el hombre.

–¿Qué sabremos los hombres de todo esto? –me pregunto ahora yo–. ¿Qué sabrán ellas de esa pasión que me confunde, que nos confunde a muchos de nosotros? –me interrogo, sin más, como si en el interior de la pregunta se encontrara la respuesta.

Son preguntas que terminan en sí mismas, preguntas que me formulo, preguntas que dirijo a una mujer invisible como si fuera esa que en esos momentos está a mi lado, sintiendo de lleno esa incapacidad de amar que me atosiga, una vez que nos vamos conociendo y los imprecisos límites del amor se convierten en la realidad de los días.

Del libro De temblores, El desvelo, 2017

El tigre

Si vas a ese lugar
donde aún me recuerdan
y no sabes nada de mí,
pregúntate si el mar
presiente la mirada del cielo
en el atardecer limpio
que unos ojos pueden ver
sin pensar nada mientras lo hace.
Y si vas y no sabes de mí,
dónde nací o con quién fui,
pregúntate por el color del sueño
que camina por la arena
en los días alegres del verano.
Pero si vas y aún me recuerdan,
pregúntales por los pasos
del tigre solitario que aún vive
en sus calles sin que se den cuenta.
Ellos no saben la respuesta.
No la saben, ni la sabrán,
pero te mirarán con curiosidad
como si tuvieras un secreto que contarles.
Algo que no sospechan,
aunque cuando te des la vuelta
será un poco tarde.
Yo ya habré muerto.
Pero la semilla que germina
en los días tristes
llegará con la luz del cielo
y la luz que brilla
atravesará la venda de esos ojos ciegos.
Si vas a ese lugar, si vas,
y no saben nada de mí,
aunque no lo creas,
el tigre volverá a la selva.

De Pastel de nirvana, Ed. Cálamo. KM, 2018.

Señor

Señor, tú que pusiste
nombre a la luz,
dame un cuerpo
que refleje mi mente
y dame una mente
que dignifique mi cuerpo.
Dame el entendimiento
para entender
lo que no comprendo.
La visión para ver
lo que está más allá de mí.
El cielo transparente
dentro de mi cuerpo.
El destino incierto
que respira
en mi pensamiento.
Y no me abandones
a las palabras sin sentido
y no me aísles
en el silencio invisible,
el más extraño
y duradero.
Dame fuerzas
para combatir
ese vacío que me tienta
y del que no reniego.
Dame nuevas razones
para descubrir
lo que me confunde.
Y dame paz
ante la incertidumbre
y vida con un significado
más allá de la muerte,
tal como me das
el aire que respiro
o me susurras
con una sonrisa benévola
los poemas que escribo.
Dame fe en el amor,
alegría en el sufrimiento.
Extrañamiento para salir
de esta confusión
y superar semejante misterio,
para descansar al fin
ante lo que no entiendo
y ante lo que pudiendo ver
aún no veo ni comprendo.
Y en el silencio extraño,
el más duro
y el más duradero,
dame un soplo de aire
ante lo que puede parecer
un último gemido
y parece que desfallezco.
Un rayo de luz siquiera
cuando vuelva
en una última mirada
antes de quedarme vacío
y sin aliento
con mi nombre tendido
sobre la piedra del camino.
Sobre la sombra
de mi infortunio
en medio de mi destino.
Señor, tú que pusiste
nombre a las cosas
y llenaste de aire
las palabras que pronuncio,
dame un suelo firme
que aguante mi suerte
y dame un sentido
que dignifique mi alma.
Ese entendimiento
que a veces me falta
para entender
lo que no comprendo
y es tan cierto
cuando me pregunto
el porqué de lo que me pasa,
como es eterno y frágil
el mundo y el hombre
en el que vivo
y en el que me has convertido.

De Lo que veo yo cada noche, Ed. Luces de Gálibo, KM 2017.

Eso que nos pasa

Miremos a la ventana y veamos
el cielo petrificado de la niebla.
La luz apagada en un color grisáceo
o el vuelo oculto de los pájaros
con plumas blancas y moteadas
cuando no sabíamos que existía esa especie.
¿No piensas en el amor?
¿De verdad no te pasa?
¿De verdad no te pasa a menudo
como cuando acudes a un museo
y en la sala vacía
hay un cuadro esperándote
y pintado por un artista
que murió hace tiempo?
Fíjate bien: es ese cielo,
el mismo que tú ves por la ventana
un día de abril cuando parece
que llueve, pero no es así.
Es ese árbol, el mismo
que tú ves cómo crece,
dibujado al detalle, aun de lejos.
¿De verdad no te pasa
creer que lo has vivido antes?
Saber que lo has soñado un día.
Reconocer que alguien habla por ti
cuando quieres decir algo
que va más allá de una verdad a medias.
Fíjate sí, y no gires la cabeza
que se sostiene en la ventana
con el apoyo de unas manos
que se ven desde fuera.
Reposa los brazos en la tierra.
Abre los ojos, espera a no ver nada
en un principio. Siente el viento
en tu rostro y déjate llevar
por el silencio eterno de la vida
que te esperará, como quien espera
sentado sobre sus tobillos,
el primer y verdadero silencio.
¿De verdad no te pasa?
¿No piensas que así es eso
de estar casi siempre a solas
como otros andan enamorados?
Abres una ventana y no ves nada.
La niebla no te deja ver unos metros,
luz blanca y humo blanco
que surge de una chimenea inexistente.
Pero sabes que no te detendrás pese a todo.
Que te atreverás a mirar más lejos
por si algo se abre entre la nada.
Que volverás a respirar el frío helado.
Que volverás a pensar ya lo he visto antes.
Ya lo he vivido en algún momento
cuando aún no sabíamos
qué era eso que nos pasa.

De Escribir la distancia KM, 2012

Un domingo para «El Escuchador»

Un domingo puede ser el mejor día para escribir cartas. Para responder a algunas que se recibieron y el mejor también para escribir alguna que quedaba pendiente de escribir, aunque no se espere una respuesta. ¿Por qué la gente no responde a lo que se le pide con educación? ¿Por qué la gente no escribe si se la escribe? Yo lo hago y no por ello me he convertido en un escritor compulsivo ni en uno especializado en cartas de amor. No soy una persona obsesiva que escribe sin parar a los editores. Recuerdo la correspondencia entre escritores y sus hijos o entre escritores y sus padres, como lo hizo Kafka en su día cuando escribió: “mi amor, no tengo más remedio que dejar esta carta, aunque para mí es como si me arrancaran físicamente de tu lado”. En fin, lo hago para disuadir a un pelmazo que llamó a El Escuchador y que ahora se pasa de la raya: “Creo que debe dejar que la editorial haga su trabajo. En cuanto al mío, debe comprender que estas y otras cuestiones relacionadas con el mundo editorial son parte de él. Ahora mismo por ejemplo preparo un nuevo libro que se publicará en breve y he de responder, además, a varias cuestiones más relacionadas con mi trabajo, por lo que si desea que trabaje para usted debería solicitarme un presupuesto. Un saludo cordial. El Escuchador”. Unos días antes nos cruzamos otras; apunto, para no olvidar las suyas, porque tengo la sospecha de que se aprovecha de mi buena voluntad y de la misma manera que no se da cuenta de lo malos que son sus libros, no sabe que lo hace. ¿Por qué la gente no sabe valorar lo que pide? ¿Por qué la gente no sabe si escribe bien o mal? Todo empezó cuando le detallé mis servicios y cuando le aseguré que no le iba a cobrar por la primera entrevista. Un día para escribir cartas. Un día para recordar las de Osvaldo, un escritor perdido donde los haya, y que dio con El Escuchador, sin reconocer siquiera que este podría ser un trabajo serio. Apunto una de las suyas: “buenas tardes, le cuento que acabo de escribir a la editorial que me recomendó y que, como me dijo, durante años publicó sus libros. Les envié copia de mi biografía literaria y les dije que usted me había recomendado que les escribiera. Pues, sin querer abusar de su amistad y acudiendo a su generosidad para con un poeta como yo, le ruego, por favor, si le preguntan por mí (ellos), en lo posible pueda ayudarme. Y lo digo por bien. Le agradezco en verdad si me puede ayudar, en caso de que ellos pregunten. Sé que me comprende. Por su amistad y su gesto amable de ayudarme, se lo agradezco desde mi poesía. Un abrazo.”. El mismo día escribió otra: “buenas tardes, por favor, le ruego con todo respeto darme el nombre de dos editoriales que a bien me recomiende y que lo conozcan a usted. Y si sabe, dos de universidades privadas, por favor… Yo asumo la gestión de hablar con ellas… Mil gracias, se lo agradezco. Osvaldo, poeta.”. Y alguna más algunos días antes: “buenas tardes. Mil gracias por sus amables orientaciones y por su inestimable ayuda. Otra pregunta: ¿existe alguna editorial de algún amigo suyo y que usted me recomiende? Me refiero a una de esas que miran el manuscrito y a lo mejor lo acepten. Y ¿me podría recomendar por último una universidad extranjera o una institución que apoye la publicación de libros literarios? En verdad, mil y mil gracias por su más que valiosa ayuda. Un fuerte abrazo. Osvaldo, poeta y amigo”. Estas cartas me recuerdan otros encuentros. Podría recordar a la ilustradora de libros que hace unas semanas buscaba un autor para sus textos y un editor para sus futuros libros infantiles que, según ella, tendrían un éxito sonado; podría mencionar a ese actor que quería utilizar mis poemas en sus recitales o a ese otro músico que quería que lo ayudara en una selección de textos para ser cantados en sus actuaciones. Podría recordar a ese autor que quería que le corrigiera sus libros o a esa madre que pretendía que leyera lo que había escrito su marido. ¿Dónde están esos clientes de El Escuchador que prometieron llamarme e insistieron en que me pedirían un presupuesto? ¿Dónde ese joven de tez morena que iba a entregarme su historia hacia finales de año para que le diera una o dos vueltas, las que hicieran falta, hasta que el libro fuera comprensible para cualquier lector? ¿Dónde ese autor que quería que lo ayudara en la publicación de sus dos novelas y sus tres libros de cuentos, todo a la vez, con el fin de que se viera su trabajo con una unidad que solía podía ver él? ¿Soy tan ingenuo, tan iluso por creer en sus palabras? ¿Un escuchador por no saber interpretar sus necesidades ocultas y un ingenuo por no saber esclarecer a tiempo sus posibles mentiras? O sencillamente todo esto es la consecuencia inevitable de una manera de proceder que tiene la gente que no sabe lo que quiere y que va de un lugar a otro hasta encontrar el camino. Recuerdo a aquella mujer que después de diez años de no vernos se acercó un día y me dijo: “¿te acuerdas de mí? Siempre estaré agradecida por lo que hiciste por mí, sin nada a cambio. Es más, creo que luego no te volví a llamar, pero ahora que te veo quería decírtelo”. No recordaba lo que hice por ella, pero eso fue lo que escuché en una confesión que parecía verdadera. Como lo fue una de las primeras cartas que yo escribí a Osvaldo: “es sencillo, se envía el manuscrito y si lo aceptan, se publica sin más. No obstante, para un autor desconocido es más difícil. Una opción intermedia es recurrir a la autoedición o a la ayuda por parte de una universidad o institución extranjera que se comprometa en los gastos de la edición Una vez que se publica un primer libro todo es más sencillo, más tarde”. Osvaldo respondía a las cartas, pero con la última no veo su nombre por ninguna parte. Son así los domingos donde muchos escritores escriben sus cartas y donde muchos más esperan recibir una respuesta. Como yo, que por suerte, recibo una de ella:

Media noche y no dejo de pensarte. Siento mi mente en otro nivel. El mundo colapsa mientras el amor nos salva a ti y a mí.

(Fragmento del tomo 2-1 de El Escuchador: Todos sonrieron)

Existiendo en «Trilogía del corazón»

Trilogía del corazón, el libro que pronto publicará la editorial Luces de Gálibo, es un primer paso para la recopilación de la obra poética de Kepa Murua; aquí se condensan tres de sus más relevantes títulos: Cardiolemas, Siempre conté diez y nunca apareciste y Cavando la tierra con tus sueños; con los que se dio a conocer en el panorama literario español y con los que ratificó su vocación creadora con una voz propia.

EXISTIENDO

Porque esperas humillada, háblame
de aquella arruga, de aquella palabra
que aguardabas durante meses.
Porque sabes de la fuente y nada del fuego
dime de la hipocresía que encierra el deseo.
Desnuda como estás, háblame del amor
si es que existe, esa tu belleza hundida
y arrogante. Cuántas veces traicionada,
cuántas rendida con la mentira
de unos ojos preparados para ello. Amor, dime
por qué los abrazos son iguales y nerviosos
como el infinito. Háblame de aquel beso hondo,
pero que a nada sabe.
Háblame de la memoria que descubre
tus palabras, olvidándolas por dentro.
Una vez más y desnuda como estás,
háblame de la verdad en unos brazos
llenos de desprecio, y cuántas veces
creció la esperanza en tu huida
hacia delante. Háblame del aliento,
que nos quema. Dime si son verdad
las palabras que sobreviven
al recuerdo y por qué te sientes
tan despreciable y tan vieja.

© Del libro Cavando la tierra con tus sueños, 2000.

Tres poemas de «No es nada»

Hace pocos días ha sido publicada la segunda edición del poemario No es nada en la plataforma Kindle y por KDP de Amazon. En esta ocasión aparece con el prólogo que amablemente escribió el profesor Iñaki Beti Saéz, que sirve como estudio y también como ruta para una lectura más profunda. Aquí, tres de los poemas que conforman este libro tan importante en la trayectoria de mi apuesta poética:

LA ÚLTIMA PALABRA

El cuerpo siente el pensamiento
aun sin entender
lo que ven los ojos.

El atardecer oculto
junto a un paisaje destruido
por las manos.

Un río tranquilo
entre un muro invisible
divide en dos la ciudad.

La última palabra.
Un lugar para la muerte
y otro para el olvido.

Sin una identidad
que le mantenga a salvo
la última palabra.

La de la vida
que pronuncias
tarde sin sentido.

La del amor
que callas para siempre.
La del destino.

UN JARDÍN SIN FLORES

Si unimos nuestras manos
la piel se enciende como la luz
en los tejados de los suburbios.

Debajo de las cosas vive un corazón secreto.
En la superficie de las caras
respira el pensamiento.

En el rostro de las madres sus hijos.
En los ojos del recuerdo
transeúntes sin rumbo alguno.

Todas las cosas tienen una palabra
a la vuelta de la esquina.
Todas las palabras se unen en un jardín extraño.

Hubo flores para todos.
Flores negras que nadie recuerda.
Blancas sábanas cubriendo nuestros sueños.

COMO UN HOMBRE

Los restos del naufragio
sobre la mesa.

Como el cielo se abre
se cierra el infierno.

Como el corazón intranquilo
y la costumbre del pasado.

Como la madera en el tejado.
Como sentarte a mi lado sin que lo note.

Como comer sin manos.
Perdido como un hombre esquivo.

Portada de «No es nada» disponible en Kindle y en Amazon.

Dos espinas

No es nada, es uno de mis poemarios publicados en el año 2008, ahora disponible en Versión Kindle. Aquí, «Dos espinas» con un dibujo hecho por mí en el mismo año de su primera publicación.

DOS ESPINAS

¿Cuál de las dos fue antes?
Podía sentir dos espinas
que atravesaban el corazón
de las palabras sin saber por qué.

Como si clavadas en la tierra
sangrasen dos rosas a la vez
las palabras que no dicen nada
cuando alguien abre la boca.

Como si del interior del cuerpo
salieran los sentimientos
como dos agujas al rojo vivo
que se tocan al momento.

¿Cuál de las dos espina
y cuál sangre? ¿Cuál rosa
o aguja que huele y cose
sin más el tiempo?