Me he convertido en el escritor que sospechaba que podría ser

Publicado en Kultura Gara
09/08/2019

Por Patxi Irurzun

http://patxiirurzun.com/2019/08/5850/

-¿Por qué una antología ahora, a qué responde, los treinta años escribiendo, la necesidad de echar la vista atrás, reflexionar sobre tu trayectoria?

Algunos de los libros publicados están agotados o son difíciles de encontrar y con este libro, El cuaderno blanco, los lectores tienen la oportunidad de acceder a mi poesía. La antología es un resumen que reconoce mis cambios como poeta y mis inquietudes como escritor

-Hacer una selección del trabajo propio supongo que será complicado, a veces incluso doloroso (dejar fuera algunos poemas, por ejemplo)? ¿Qué criterios ha seguido?

Concedo libertad a los críticos y los lectores de mis libros para que opinen sobre lo que les sugieren mis textos. Me gusta escucharlos para luego sacar mis conclusiones. En este caso la idea de la antología nace de la escritora colombiana Catalina Garcés; el primer sorprendido por la selección de los poemas, los temas tratados y el título El cuaderno blanco, fui yo. Si me hubiera encargado yo, la antología sería otro libro.

Fotografía por Raúl Fijo

-Llama la atención el título, El cuaderno blanco, para un libro en el que todos los poemas ya estaban escritos hace tiempo ¿por qué?

Es el título de un poema de Escribir la distancia, un libro que cambió mi pulso poético. Es la referencia al cuaderno aún por escribir o la página en blanco, son temas recurrentes en mis libros. Cada uno debería escribir su vida.

-La antología, como señala en el prólogo Catalina Garcés es una mirada panorámica, un cuaderno de ruta de un viaje, vital y poético, ¿se puede leer así?

Son treinta años de escritura que muestran una poesía intimista que refleja lo que acontece en la sociedad y dentro de mí como testigo de esos hechos. Me sorprende la vitalidad de los poemas. La vida aparece en todas las páginas, incluso cuando se menciona la muerte hay un tono de aceptación de la belleza del mundo. Se puede leer así, pero el lector tiene plena libertad para hacerlo de muchas otras maneras.

-¿Cuál es el balance que hace usted viendo esa panorámica, esa trayectoria?

Cuando empecé soñaba con escribir unos cuantos libros. Que se publicaran me costó tiempo, no fue fácil para mí, recibí tantos rechazos como desprecio por lo que hacía. Cuando era joven, además, me daba vergüenza presentarme como poeta; ahora observo que esos temores se han superado y que me he convertido en el escritor que sospechaba que podría ser, aunque al principio no sabía de qué manera lo lograría.

-También se habla en el prólogo de que su poesía se caracteriza, entre otras cosas, por un sabotaje del amor romántico ¿Está de acuerdo? ¿Y cuáles diría usted que son las constantes de su poesía?

En los primeros libros surge un grito frente a la realidad que no me gusta y se aprecia una llamada al amor que se confunde con el deseo. Con el paso de los años la voz se serena y se equilibra ante los temas vitales como son el amor, la amistad, la sociedad en la que vivimos y la vida que llevamos.

-En uno de sus poemas dice “No debo hablar de mi /jamás lo hago”, sin embargo la poesía, y también la suya (hay, por ejemplo, varios autorretratos), está ligada a lo íntimo, a la experiencia vital. ¿Hay una voluntad de trascender, de que el lector se reconozca en usted?

En muchos poemas relato hechos que no me han pasado a mí directamente, las voces y los registros de mis libros son diferentes y variados, pero con en El cuaderno blanco el lector interpreta un viaje poético de un autor cercano con una mirada cómplice.

-Por último, después de esta antología y supongo que la reflexión que la acompaña, cuáles serán los siguientes pasos, como se enfrenta a nuevos poemarios, si los va a haber. 

Sigo escribiendo, tanto poesía como narrativa, y tengo varios proyectos sobre la mesa. Por ejemplo, diferentes tomos de memorias de poeta metido a editor que me gustaría que se publicasen; ojalá un editor se interese por ellos. Considero que es un documento que retrata el mundo de la edición y la poesía contemporánea, aunque también se habla de política y sociedad. No tengo prisa, si uno tiene un buen libro o un proyecto de calidad que presentar al público tarde o temprano llegará a los lectores. Soy un superviviente que se ha convertido en un experto a la hora de superar diferentes retos.

Enlace: https://www.naiz.eus/es/hemeroteca/gara/editions/gara_2019-08-09-07-00/hemeroteca_articles/me-he-convertido-en-el-escritor-que-sospechaba-que-podria-ser

Asombro

El silencio es el recuerdo que nos persigue cuando las cosas que amamos pierden su significado. Las palabras son asombro cuando amamos, derrota donde la vida se oculta entre las manos, lágrimas que se secan con el tiempo, lamentos que encuentran suspiros en las palabras que vuelven a pegarse en la piel después del silencio. El silencio encuentra en el arte su momento oculto. Fueron gritos y son susurros donde el mundo se parte en dos. El individuo se enfrenta a su imagen con un dolor intrascendente y el artista corre por la historia como una huella inequívoca del mundo que descubre la luz y la sombra de los ojos en una mirada estremecedora. El silencio es la antesala del pensamiento que preludia al arte. Lo envuelve y lo cobija, porque eleva su eco con palabras que convierten en ruidos las huellas del hombre que husmea entre los escombros. Porque entre las pronunciadas en alto encuentra palabras antes que suceda lo que no tiene remedio.

Tomado de El interés del arte por otras cosas, Ellago Ediciones 2007.

«I know what your eyes saw», and other poems from the book «No es nada»

I KNOW what your eyes saw
when with an absent gaze
you fled to no man’s land.
I know how hard it is to feel nothingness
when you are the edge of the abyss
and calm is a whisper in the distance.
I know what it is to ask god for life
and believe in nothing.
I know what it is like to feel alone
when everything around is silent
and you only hear the sound
of silence adrift.
I know what it is to feel love and hate
in the uncertainty of desire
if what you write is forgotten in an instant.
Like having everything and having nothing.
Writing a poem and nothing.
Your name below and you are no one.

SKY OF WOLVES

You must have seen that there are barely questions.
I write with a hand taken from the heart
and it hurts to feel that some birds
have been cut down with the same hand.
We used to be wild dogs
down tunnels where no one dares walk alone.
Nothing more than the flight of those birds of prey
and a pack of wolves at the front door.
The answers reside far from the questions.
They talk about truth with no emotion.

Kindle version cover

ASK THE men if it is right
to renounce everything in love as well.
Ask the children if they agree
with what they’re being taught.
Ask the mothers if they love
the life that they have.

Ask the women of course
if they carry flowers in dreams
and if they bleed in the midst of dreams
when they awake.
Ask the gods
if they have met.

Ask the poets
if the song is music
and if thinking is the end
or the beginning of thought.
Ask the lovers
if they’re conscious of their wealth.

Ask dreams if freedom
feels what the eyes can see.
And if it’s wise to be silent
or preferable to flee
from the word that is spoken
until its true echo resounds.

MY MINISCULE HEART

When my heart was outside of me
I could never write a poem.
I tried, but I couldn’t.
Neither could I write a letter
to my mother for example
telling her I loved her.
Nor could I write a note
to my closest friend
telling him that the keys to my house
were on the red flowerpot
next to the front door.
When my heart was lost
in the immensity of time
and eternal indifference
I couldn’t write a word.
To my love for example
telling her I missed her
and awaited her return
like rain that arrives daily.
Nothing.  Not a poem, not a letter.
Not a note, not a forgotten memory.
I could do nothing but wait
for her to come home
to write this verse now
where I say that I truly love you
even if I’ve never told you before
feeling my miniscule heart
as I never felt it before
when it was on the inside.

AND YOUR EYES WILL COME

And your eyes will come
to show me the light
in the midst of the chaos.
And your words will come
to gather me up.
Your arms to circle back
to where I got lost.
Like mud in your hands
I will set my water-pitcher soul on one side
of the forest of truth
my warrior body on the other
with a sword incapable
of cutting the brush from the path.
I’m not surrendering
but I’m exhausted.
And your hands will come
to touch me in the distance
because I got lost
in the thicket that covers desire
until I thought I didn’t believe in love.
I toughened up and stopped laughing.
Perhaps it’s the way it should be, you tell me.
I know that certainties
end up ceding to the violence of the ocean.
That the ocean returns everything
with its waves and illusions
—a unique world—
so that light
is reborn
because there’s nothing left to do,
fighting this battle is no longer necessary
when one always, yes, always,
ends up losing.
Freedom is choosing a path
it is misidentifying destiny
with those who cannot and know not how to join us.
Freedom that is so afraid
of loneliness.
The loneliness that is so mistaken
when it is desire that is in control.  
When obsessions with love
are what govern the beat of feelings
in the face of an old man
where once there was a child.
Where there was sea and now only desert.
Where one sees heaven
and no one knows it.
Where there was something and now it’s different.
And your hands will come
to show me the path.
Your arm to remove the bewildering vegetation
that grows across my eyes
while watching the world pass by
seated in an armchair in the room
that no longer has a window
because the few that existed
have been painted black.
Were you truly in love?
And if you weren’t
why did you not know what could happen
in the dark vegetation
that dominated your whole body
and placed its certainty at the feet
of the most unlikely blows?
We hurt what we love
while pain shelters its seed
in our hearts
and is born at the wrong time
and everything becomes a hard shell.
But your words will come
making me doubt everything.
What I was and did.
What I am and do.
To tell me, no, don’t,
don’t think about it anymore now.
And give me your hand, OK?
And in my answer
—that could only be a stammering—
you’ll come tell me:
yes, I’d like you to do it
while holding me tight.
I cannot write at this distance
the words that I said,
only the ones that came to see me:
I’m kissing you too
not hard, but slowly.
Perhaps then we would have to wait
for the wall lizards to illuminate
the path of that night
where there were so many mosquitos
and the butterflies accompanied the light
to its destiny, even dying.
I too fall asleep with my eyes open.
Will you let my hands close them for you?
And your eyes will come to mine
so I can sleep easy.
And your hand will come to mine
so that sleep
can draw the path
that is now uncovered.
And your nocturnal silence will come
to be a word that only I
—for now—can hear.
Relax now, my love, relax.
Because even though you’re still fragile
the tiny light
will be able to break your shell.
Relax now, my love, relax.

THE AIR YOU BREATHE

The air you breathe
when you go outside.
That you breathe in when you’re sleeping.
The same air you breathe
if you stay awake.
That you breathe out when you walk
beyond the street corners
without realizing
the importance of staying alive.
The particles of your heart
in the muscles of life.
The tranquility of time
in the monotony that envelops you.
What remains and advises you.
What touches and overcomes you.
What you can and cannot see
but you understand.
The air accompanies you
while an invisible hand
envelops you at a short distance
from that which shines in the morning
and remains adrift
and languishes later in the day.
When you sleep
without contemplating death
attended by complete darkness
that opens the windows to the day
so it can air out the room
and remove flavor
from the consciousness of the scent of the night.
The scent that inhabits you
receiving nothing in return
and envelops you on the inside
with the passing of the days
like a nonexistent water lamp
or a jug of enveloping light
that left an innocent hand
in the path
to resuscitate life
without the power of thought
at every instant
or the invocation to the passing
of present time.

Translated by Sandra Kingery

Jordi Royo

Recuerdo del poeta y del amigo.

Jordi Royo, poeta del discurso verbal y gráfico.

Ha muerto Jordi Royo (Barcelona, 1959), víctima de una larga enfermedad degenerativa que pronto le apartó de los círculos poéticos. A pesar de una infancia complicada, en un internado de Galicia, tuvo una juventud llena de experiencias que vivió de forma alegre, poética y  heterodoxa. Sus amigos lo recuerdan como una excelente persona que, entre finales de la década de los setenta y principios de los noventa, en el ya desaparecido Café Dadà de Barcelona o en su piso del barrio barcelonés de Gràcia, le gustaba compartir lecturas diversas G. Leopardi, Ezra Pound, T.S Eliot, L. Ferlinguetti–, hablar de bossa nova o de canción italiana, de filosofía, o tocar la guitarra y salir en busca de un futbolín o de una máquina de flipper para jugar interminables partidas con los amigos o llevarlos en moto, de noche, por las calles de la ciudad mientras soñaba con un viaje a San Francisco, tras el rastro de la cultura beatnik, que finalmente la enfermedad no le permitiría realizar.  

Retirado en su casa de Palau-Solità i Plegamans, junto a su mujer Victòria y sus dos hijas, a pesar de los estragos de la enfermedad, Jordi Royo continuó escribiendo e ideando proyectos con otros escritores y artistas visuales. Conocedor de su inevitable final, trabajó hasta el último momento que le fue posible.  

Lejos de las convenciones, su poesía está libre de cualquier compromiso que no incluyera su propia presencia, su búsqueda y experimentación. Jordi Royo apostó por una refundación lírica, sin concesiones, no adscrita a militancias, que integraba elementos de la poesía visual, ecuaciones, signos de net-art, variaciones numéricas, códigos-máquina y claves que presentaba con listados que se acercan a la exactitud del decir científico para expresar, paradójicamente, la inexactitud y la inmensurable dimensión del ser humano. Con esos elementos logró un equilibrio original entre el discurso verbal y el discurso gráfico. Tal vez, como se ha dicho de él, no estar inscrito en ninguna tradición poética sea ahora un lujo, incluso un acto de rebeldía; el mismo lujo y el mismo acto de rebeldía que podemos reivindicar como lectores de ese caleidoscopio suyo de imágenes que muestran una realidad móvil.

El que también fuera secretario de la Asociación Colegial de Escritores de Cataluña en los años noventa se licenció en Filosofía por la Universidad de Barcelona, realizó cursos de doctorado de Literatura Comparada y dirigió las colecciones de arte y literatura: Amagatotis, Ipshitilla, Phalartao y Boston. Asimismo desarrolló una labor como crítico de arte, colaborando en catálogos de artistas plásticos en diversos países. Su obra ensayística, publicada de forma parcial en revistas, fue editada por Bassarai en el libro La imagen poética (2004). Tradujo al catalán y al castellano a G. Leopardi y a Csoóri Sándor y revisó la traducción de Old Possum´s book of Practical Cats de T.S. Eliot y algunos textos de János Pilinszky. Como poeta fue el autor de media docena de libros en los que destacan Naznava (Premio Ámbito Literario / Poesía 1982) y Il gobbo (Premio Ámbito Literario / Poesía 1988), ambos publicados por la editorial Anthropos, dos textos que pasados más de treinta años corroboran las palabras que le dedicara Juan Antonio Masoliver Ródenas en el prólogo de Il gobbo: “el poeta se está refiriendo continuamente al primer libro, Naznava; hay una lectura constante, en un proceso de construcción y desconstrucción, de aceptación y de rechazos: naznava y avanzan están en el centro de toda su poesía, un retroceso que es asimismo un punto de partida.” Otros libros, La utilidad de la muerte (1997), Okupación del alma (2002), y @-dreams (2009) fueron publicados por Bassarai.

Recientemente se ha reunido el conjunto de su obra en un único volumen: Poesía Reunida 1980–2011, Ediciones Sin Fin (2017). Sus poemas han sido incluidos en antologías de España y México, y traducidos al húngaro, portugués e italiano. En enero de 2018 y con motivo de la aparición de Poesía Reunida 1980–2011, sus amigos poetas le rindieron un homenaje en la Llibreria Calders de Barcelona.

Jaume Benavente, Kepa Murua, A.G. Porta, Gustavo Vega.

También se puede leer en el enlace de ACEC:
http://www.acec-web.org/spa/default.asp

No es nada

Kepa Murua, nacido en Zarauz en el año 1962, se ha convertido durante los últimos años en una de las voces poéticas más personales y originales del panorama lírico actual. A obras como «Siempre conté hasta diez y nunca apareciste» (1999), «Cavando la tierra con tus sueños» (2000), «Un lugar por nosotros» (2000), «Cardiolemas» (2002), «La poesía y tú» (2003) o «Las manos en alto» (2004), podemos añadir un nuevo título publicado por la editorial madrileña Calambur: No es nada. Este poemario representa, si no un cambio radical en su trayectoria, sí una diferente propuesta en cuanto a sus claves referenciales y actitud lírica que, como en sus otras obras, continúa ofreciendo al lector la posibilidad de re-ligarse con aquellas dimensiones más esenciales de su existencia. (Fragmento del prólogo escrito por Iñaki Beti Sáez)

Formato: Versión Kindle
Tamaño del archivo: 1075 KB
Longitud de impresión: 239
Vendido por: Amazon Media EU S.à r.l.
Idioma: Español
ASIN: B07V6JYLZG

El aire que respiras

Nueva antología poética preparada por Kepa Murua, disponible para Kindle y tapa blanda en Amazon.

93 páginas
Editor: Independently published (3 de julio de 2019)
ISBN-10: 1077895283
ISBN-13: 978-1077895287
Dimensiones : 15.2 x 0.6 x 22.9 cm

En esta antología Kepa Murua recoge sus poemas más conocidos. Son cuarenta y dos textos que hacen parte de la producción artística del escritor en estos últimos treinta años. Un libro esencial para conocer al poeta, su estilo y la fuerza que transmite con su voz inconfundible y profunda.

Más información: https://www.amazon.com/dp/1077895283?ref_=pe_3052080_397514860

Entrevista en la revista Pérgola

Bilbao, por Alex Oviedo.

 “Reivindico el oficio de poeta”

Seis poemas por cada uno de sus dieciocho libros conforman la primera antología  de Kepa Murua, El cuaderno blanco, un poemario surgido a partir de un trabajo de la poeta Catalina Garcés, “que conoce mi obra, hizo una selección y escribió un bonito prólogo; y de la apuesta de Javier Fernández Rubio, editor del Desvelo, que ya había publicado mi obra narrativa”.

– ¿Por qué una antología?

Me sirve para presentarme a los lectores que quizás no me conozcan o a aquellos que no pueden encontrar algunos de mis poemarios.

– ¿Se ha reconocido en esos poemas?

Sí, y eso que tenía cierto temor. Veo a un joven perdido, desorientado, pero con ganas de reivindicar su voz poética. En todos los libros subyace esta reivindicación del oficio.

¿Hay diferencias entre el poeta de antes y el de hoy?

El cambio radical de mi poesía comienza con los poemas publicados a partir del 2011: Lo que veo yo cada noche, Ven, abrázame y Escribir la distancia. Estos libros tenían como colofón La felicidad de estar perdido, un canto amoroso a la aceptación de la vida, pese a torpezas o sinsabores. Creo que en ellos, o en otros anteriores como Siempre conté diez y nunca apareciste, estaban algunas de las claves de mi poesía: el amor, el desamor, el deseo, la aceptación o no de la realidad.

– Siempre pensé que su cambio poético era El gato negro del amor.

Quizás porque en ese libro aparece una voz más narrativa. Con él pasó algo curioso: se publicó al tiempo que Poesía sola, pura premonición, un volumen extenso que pasó, sin embargo, desapercibido. El gato negro del amor tuvo mucho más recorrido crítico y de lectores, con esos poemas a mi padre, a mi madre…

– En su trayectoria hay libros escritos durante años: Poesía sola, pura premonición, Autorretratos...

Trabajos que empecé hace treinta años. Comencé Poesía sola, pura premonición en Berlín en 1989, un libro que tardé en cerrar más de una década.

– ¿Berlín tuvo mucho peso en su poesía?

Sin duda. Era un joven sin expectativas laborales, que no quería atarse demasiado; y además de quitarme la losa del terrorismo pasé de un pueblo como Zarautz a una gran capital en la que abundaba el arte. Conocí a artistas que con poco hacían mucho y que reivindicaban que ya lo eran aunque no tuvieran obra. A mí me daba vergüenza decir que era poeta porque apenas tenía un libro –Abstemio de honores se publicó entre mis ideas y venidas a Berlín-. Incluso el germen de la editorial Bassarai nació de allí.

Julio, 2019

Los lunes

Fragmento de la novela inédita El Escuchador.

Me gustan los lunes. Se suele afirmar que lo mejor de cada día es el día siguiente. Hay algunos que aseguran que lo mejor del lunes es el martes o que lo mejor del jueves es que ya se acerca el viernes, y que este se acerca, además, con el fin de semana a la vista. Quizá sea el domingo el día más raro de todos: para muchos aburrido hasta la saciedad, para otros ligero, que pasa sin que pase nada, que va a la suyo, sin que se haga nada especial. Me gustan todos, el domingo, el lunes, el martes, el miércoles, el jueves, el viernes y el sábado, en un orden que se corresponde al calendario americano y que no se estila en los que se imprimen en la vieja Europa. Me gusta fluir con los días mientras saco el máximo provecho de las horas, de los minutos y de los segundos, que parecen tan poco cosa, pero que son tan importantes. Y ¿qué tiene este lunes para que sea tan bueno como otros lunes pasados que fueron excelentes? Pues tiene lo que ha de tener un buen día: lluvia, sol, viento, calor, humedad, luz y toda la atención y la visión, por mi parte, del mundo que me rodea para pensar que también hoy será un gran día, pese a las sorpresas de última hora. Me gustan los lunes en los que me dirijo a las oficinas de la institución provincial y entrego mi respuesta con la consiguiente decisión del premio literario. El funcionario que me atiende, el responsable del premio cultural, el mismo que me ofreció el trabajo, el mismo que me detalló los pormenores del servicio, me trata con amabilidad, me hace pasar a su despacho, me invita a sentarme en la mesa redonda de la entrada para hablar sobre el material recibido, el modo de lectura realizado, y sobre la valoración y las palabras que les he escrito, a modo de acta, y puedan justificar la decisión adoptada. Me gustan los lunes, aunque este señor no cumpla con su palabra y en un momento se me venga el mundo abajo. No es que el mundo haya sufrido un terremoto y que este haya derribado el vetusto edificio del siglo XVIII y dentro de él hayamos sido arrastrados a los infiernos y sepultados entre los escombres y cascotes que cayeron sobre nuestras cabezas, sino que sobre nuestras cabezas y especialmente sobre la mía, cuelga como una espada de Damocles –que es toda una duda de intenciones–, el recuerdo del aquel primer encuentro donde este mismo señor, que ahora revolotea por su despacho, me habló de la cantidad que iba a recibir por este servicio que ha tenido sepultado mi cabeza entre tanto poema y tanto posible premio durante días. Si mis notas no fueron producto de mi imaginación o de mis ganas de ganar un dinero extra que no me correspondía, puedo decir que el tipo me habló de 2.160 €. Pero cuando entramos en detalles monetarios, como colofón de un encuentro amable y de un diálogo profesional entre las partes, él, que tiene la sartén por el mango, que ya está sentado en su mesa rectangular, y que mira al techo, como si fueran a caer ya los primeros cascotes, me confirma que cobraré 1.256 €, ni más ni menos, porque solo eran 1.590 € los que se comprometió a pagarme, a los que finalmente deberemos quitar la parte correspondientes al IRPF, que asciende a 333,90 €. En cuanto al IVA, con una sonrisa que sospecho antecede a la masacre, me dice que esté tranquilo porque esta vez no hay que incluir en la factura. Sus palabras van del techo al suelo de la habitación, yo las escucho con un eco retorcido, y después de descubrir sus cartas, el diálogo se convierte en un monólogo que parece justificar el cambio de decisión que afecta a mi trabajo y a mi bolsillo y que yo, porque el oficio va por dentro, escucho con deferencia, impasible, pero mirándole a los ojos como si con ellos lo interrogara sobre la nueva noticia mientras lentamente me acerco a su mesa y me siento delante de él, como si quisiera escucharlo un poco más cerca o quisiera ver cómo le temblaban los labios cuando las frases que pronuncia salen de su boca. Cuando se empieza a poner nervioso comienza a perder la calma del principio y se pone a despotricar sobre la crisis y sus consecuencias de una manera que juzgo como acelerada y demagógica al mismo tiempo. Yo miro a sus ojos, a su bigote blanco, a su pelo cano, a su rostro moreno, a sus brazos peludos que salen de la camisa a cuadros, excesivamente planchada para mi gusto, y lo escucho como El Escuchador en el que me convierto al instante por arte de magia, en pura calma, en ser sin nervios, espero a ver qué dice, por si quiere que lo ayude o puedo decir –por qué no– también algo. Pero es él quien necesita que lo escuchen y yo el que no abre la boca, aunque en su fuero interno piense que soy un gran conversador, por más que solo pueda introducir alguna onomatopeya o una palabras entre medio como “ah” o “vaya” o alguna expresión un pelín más elaborada como “¡qué cosas!” que me sirven para dirigir la conversación, por más que él no lo sepa. El tipo, que va a la suyo, me cuenta que las instituciones no hacen lo que hacían, que dejaron de suplir a la empresa privada porque tampoco ellos tienen el dinero que disponían antes y que como se les ha reducido el presupuesto y ya no hacen libros ni catálogos ni nada, pues que las imprentas y los gabinetes de diseño han cerrado en la ciudad, porque la institución era su mayor y único cliente. Y que en esta ciudad, como en la mayoría de las ciudades europeas, solo se dan ayudas al fútbol y al equipo de baloncesto porque los políticos piensan que prestigian a la administración, aunque luego seamos nosotros quienes paguemos la entradas de nuestros bolsillos cuando antes, con nuestros impuestos, hemos pagado las últimas obras del estadio o las últimas inversiones necesarias para que el equipo siga como hasta ahora. Me gusta escuchar los lunes; puedo estar decepcionado por los resultados financieros de mi trabajo, pero lo escucho con tranquilidad mientras me lo imagino en la tribuna del estadio y en los primeros asientos del polideportivo en unos eventos deportivos a los que yo no puedo asistir ni tengo la intención de hacerlo. “Tal como están las cosas, es lo que hay”, dice por último, como colofón a una charla ensimismada y dispersa que acompaña con un movimiento de brazos, manos y dedos que no paraban de girar y de moverse sobre un eje invisible que oscilaba cerca de su camisa a cuadros y que yo controlaba con la mirada para que no pasara al otro lado de la mesa, no fuera que ahí mismo comenzaran a caer los primeros cascotes o pedazos del techo sobre nuestras cabezas. “Tal como están las cosas, y visto lo visto, se ve que he de salir de aquí con paciencia”, me dije sin más mientras me asaltaba una última idea de pura supervivencia por si el edificio estallaba por los aires y los pasillos de madera y pared blanca comenzaban a convertirse en papel y cartón sobre un suelo inestable o inexistente que no nos pudiera sostener a los dos cuando avanzáramos en busca de la salida. Ahí mismo, afuera de su despacho, frente a los dos ascensores que seguían firmes en su puesto, como dos soldados impertérritos en su garita de cobre de color platino, me despedí de su camisa a cuadros y de su bronceado de verano permanente y aunque debía ser él –porque era el jefe, el señor funcionario, el tipo que tenía un trabajo seguro, que cobraba todos los meses, tuviera o no trabajo– quien podría animarme a mí, tal como están las cosas y viendo lo que vi y oyendo aún en mis oídos lo que escuché de su boca, soy yo el que lo hace. Al despedirme recuerdo que le dije: “ánimo”. El tipo me sonrió, le di la mano y salí al exterior donde la luz blanca del mediodía me esperaba para decirme que el mundo sigue en su sitio, que fui engañado de nuevo, que me han tomado una vez más el pelo, y que sin embargo estas cuestiones ya no me afectan como antes porque me gustan estos días, estos lunes, en que las cosas no salen como uno esperaba que salieran, pero donde los edificios siguen en pie y los hombres siguen en sus puestos, cada uno con sus valores y con sus renuncias, en un diálogo que necesita de alguien más para que todo el mundo se escuche, al menos una vez en la vida, por más que se diga una cosa y sea otra, por más que se haga una cosa y se esté pensando en otra, por más que se quiera ser alguien y se termine por ser una persona distinta.

Impresiones de la Feria del Libro de Madrid 2019

El 15 de junio de 2019 llego a Madrid; en la última semana de la Feria del Libro he de firmar en la caseta de Cálamo los libros publicados con la editorial que dirige con acierto José Ángel Zapatero. El sábado me presento puntual en el lugar convenido y el editor me atiende con su amabilidad característica. Hace tiempo que no salgo de casa y siento un cierto nerviosismo ante este lance que me situará ante tantos lectores que pasan por delante de uno sin fijarse siquiera y me enfrentará a los lectores que se acercarán a la caseta 295 para que les firme sobre las primeras páginas en blanco el libro de poemas, Pastel de Nirvana, o sobre la portadilla de las memorias que publiqué con el título, Los sentimientos encontrados. Madrid es una ciudad que me gusta, pero apenas tengo amigos en ella. Los escritores firman sus libros en las casetas, oigo los nombres de unos, a los que reconozco, y de otros que no sé quiénes son.

Me alegro por el sol, la luz, el calor, el buen tiempo y agradezco la presencia de tantos lectores que compran los libros, así como de esos autores, hombres y mujeres, que engrandecen nuestro oficio. En mi caso, no son muchos los que me buscan; soy uno de esos paracaidistas que aterrizan en el Parque del Retiro sin un anuncio previo o una obra reseñada en los medios que difunden la cultura. Debería decir que son pocos, menos de diez y más de cinco, todos ellos elegantes, inteligentes y educados. Más mujeres que hombres. Me he aprendido los nombres y he memorizado sus caras, por si me vuelvo a encontrar con ellos en un futuro. Hace tiempo que dejé de creer las palabras de aquellos que dicen que vendrán y no vienen o de aquellos otros que se comprometen a pasarse y no pasan. Estos pocos lectores son lo mejor que me sucede en una mañana de sábado acompañado de mi editor, una persona que ama los libros y que me asegura, en voz baja, que este años la feria ha sido muy buena: “en todos los sentidos” dice. Tengo tiempo para pasarme por algunas casetas y fijarme en sus publicaciones y autores. Compro siete libros, uno de plantas y filosofía, para mi esposa, tres de poesía, publicadas por editoriales independientes que están realizando una labor encomiable, una biografía tocada por una tristeza que conmueve y una novela que Borges recomendaba a sus amigos. El séptimo libro lo compré por la tarde. Es el catálogo de la exposición de Tetsuya Ishida que pude ver en silencio en el Palacio de Velázquez del Parque del Retiro, su título: Autorretrato de otro.