¿Para qué sirve la poesía?

Como no sirve para nada finalmente parece que sirve. No sirve para alcanzar el poder, pero sirve para responder al poder con sentimientos cercanos. No sirve para vivir, pero la poesía vive con las palabras. No sirve para enseñar a nadie nada, pero sirve para mostrar lo que acontece por el mundo. No sirve para matar, no sirve para morir, no sirve para rezar ni para jugar con fuego. Pero sirve para emocionar, para vivir en otros cuerpos, para reflexionar y sentir la belleza y hondura de las palabras que nos explican cómo somos. No sirve para amar, no sirve para gritar, no sirve para llorar, pero sirve para sentir el deseo, para alzar la voz en silencio, para que su tristeza te atraviese el pecho. No sirve para liberar a nadie, no sirve para juzgar a nadie, no sirve para lograr la paz. Pero sirve para hablar con libertad, para proclamar la inocencia de las cosas, para rebelarse contra la locura de la historia. No sirve para bailar, no sirve para emborracharse, no sirve para estarse quieto. Pero sirve para celebrar la vida, sirve para embriagarse de otros sentidos, para moverse por otros lugares. No sirve para la muerte. Sirve para la vida. Da vida a los muertos y nombra lo que a menudo no tiene nombre. Como lo que no sirve, pero al final sirve.

Fragmento de La poesía si es que existe, Calambur 2005.

Pregunta a los hombres

Pregunta a los hombres si es lícito
renegar de todo también en el amor.
Pregunta a los hijos si están de acuerdo
con lo que les enseñan.
Pregunta a las madres si aman
la vida que tienen.

Pregunta a las mujeres desde luego
si llevan flores en el sueño
y si sangran en medio del sueño
cuando se despiertan.
Pregunta a los dioses
si se conocen unos y otros.

Pregunta a los poetas
si el canto es música
o si el pensar es lo último
o lo primero del pensamiento.
Pregunta a los amantes
si son conscientes de su riqueza.

Pregunta al sueño si la libertad
siente lo que ven los ojos.
Y si tiene valor callarse
o es preferible huir
de la palabra que se dice
hasta que suene su verdadero eco.

© Del libro, Poesía sola, pura premonición, Ellago ediciones, 2010.

Hartazgo

El artista se harta de lo que muestra el presente, todavía más de la carga del pasado, y se lanza a una búsqueda frenética hasta encontrar en la ruptura de lo establecido las nuevas coordenadas que descubren su talento en el espacio del entendimiento. Todo llega del hartazgo. De la misma manera que el escritor habla del interés del arte por otras cosas, el artista se harta de una vida paralela que le obliga a surcar nuevos mares en la búsqueda de un horizonte imperfecto. Se harta sin darse cuenta del todo, por puro agotamiento, de una eternidad incontestable que es el descubrimiento de uno entre las cosas que nos rodean desde siempre: inverosímiles, caóticas, repetidas, indescifrables, incoherentes, esas que nos atan a la vida con la carga de los sentimientos. Reiterativas, circulares, asombrosas, indefinibles, indestructibles, que nos llevan de la razón culpable a la razón anodina de la existencia. Esas que nos esclavizan y nos atan como personas a una realidad que nos observa sin que sepamos que lo hace. Pero cuando el hartazgo irrumpe con su poderío, la vida comienza a desandar el camino, cansada de ver cómo somos. En realidad actuamos pensando que estamos cambiando del todo. Es el juego del tiempo detenido, puro placer del aburrimiento, seguir adelante con todas las cosas vulnerables que rodean nuestra existencia. Harto de vivir como siempre, el individuo se diluye en el tiempo, se mimetiza en su desesperación pensando que cada vez corre más rápido, dispuesto a crear un nuevo modo de vida, mientras como una nueva religión que ofrece cosas nuevas, el artista resopla en su conciencia hasta convertir su vida en una eterna duda, en un aparente cambio, que le aparte del hombre anodino. Pero cómo se ríe la vida de todo esto al comparar a uno y otro, porque tanto como nos perdemos en una nube de interrogantes que confunden la existencia, hasta que ésta se convierta en soportable, la vida no deja de asombrarnos cuando creíamos que estábamos hartos de todo. Como una necesidad insalvable del hartazgo insoportable, de la vida y del arte. Así de evidente y contradictoria, la figura del hombre moderno.

Tomado de El interés del arte por otras cosas, Ellago Ediciones, 2007.

Un hombre pacífico

Soy un hombre pacífico, sereno, incapaz de hacer daño a nadie, incapaz de matar una mosca, pero en mi profesión de escritor a menudo me comporto como un guerrillero que no quiere dejar muchas pistas tras de sí para evitar futuras complicaciones. No soy un provocador, eso lo dejo para los más exhibicionistas y vanidosos; tampoco soy un loco, eso lo dejo para los que tuvieron éxito alguna vez y se lo creyeron; no soy un ingenuo, pues conozco mejor que muchos las artimañas y componendas del mundo editorial; tampoco soy un iluso, creo que puedo confesar que conozco la corrupción de los premios literarios –a los que nunca me presento–, mejor que esos que hablan de ellos como si fueran otra cosa bien distinta a la que es; no soy un loco ni un vehemente ni un radical, pero siendo pacífico y escuchando a todos por igual, en medio de un ruido que podríamos considerar como razonable para poder subsistir y respirar con decencia, a menudo me comporto como un revolucionario que no quiere dejar muchas pistas tras de sí para evitar futuras detenciones. Con este nombre no me queda otra. Me presento casi de un modo invisible ante los lectores; pasa el tiempo, pero yo estoy ahí, sin que se den cuenta, observándolos, haciendo como que miro a otro lado, pero sin olvidar mis objetivos, yendo tras mis metas, mientras puedo pensar que reivindico la autenticidad de un viejo oficio pese a los posibles encontronazos que se puedan tener y a los fracasos que son muchos más de lo que la gente se imagina.

(Fragmento del tomo 2-1 de El Escuchador: Todos sonrieron)

3 poemas en la revista Athena

https://lnkd.in/gqawDN3

Ah, si tú supieras cómo se vive solo
más allá del encuentro de la muerte.
Más lejos de la ciudad soñada,
atado a un sendero de pocos metros
donde se abre el mar a lo lejos
y los árboles nos muestran la senda del cielo.

Si tú supieras.
Si supieras.
No es un paraje solitario la vida
pero vive a su aire su reflejo.
No es un alma escondida
ni un susurro negado.
No es el frío de la hierba
ni la humedad de la montaña
con el polvo reseco de la autopista.

¿Cómo se dice en tu lengua
la palabra camino?
¿Cuáles son tus aficiones?
¿Cuáles tus distracciones?

(Fragmento de La felicidad de estar perdido
en la revista trimestral brasileña «Athena», nº 9 de 2019).

De temblores (Fragmento)

Así es, me digo, sospecho que se trata del mismo silencio que me aísla de los demás y me resguarda, incluso, de mis sentimientos. “Dos personas son una cuando después de amarse se presentan al mundo sin complejos, sin interferencias”, vuelvo a leer en voz alta lo que escribí en el cuaderno.

Pero el escritor sabe, mejor que nadie, que después de las primeras palabras que se escriben para constatar lo que se vive, la vida sigue su camino en el momento en que se fija la mirada en unos ojos que observan mientras se pregunta y al mismo tiempo se intenta responder, con calma, con delicadeza, también a lo que siente la mujer mucho antes que el hombre.

–¿Qué sabremos los hombres de todo esto? –me pregunto ahora yo–. ¿Qué sabrán ellas de esa pasión que me confunde, que nos confunde a muchos de nosotros? –me interrogo, sin más, como si en el interior de la pregunta se encontrara la respuesta.

Son preguntas que terminan en sí mismas, preguntas que me formulo, preguntas que dirijo a una mujer invisible como si fuera esa que en esos momentos está a mi lado, sintiendo de lleno esa incapacidad de amar que me atosiga, una vez que nos vamos conociendo y los imprecisos límites del amor se convierten en la realidad de los días.

Del libro De temblores, El desvelo, 2017

El tigre

Si vas a ese lugar
donde aún me recuerdan
y no sabes nada de mí,
pregúntate si el mar
presiente la mirada del cielo
en el atardecer limpio
que unos ojos pueden ver
sin pensar nada mientras lo hace.
Y si vas y no sabes de mí,
dónde nací o con quién fui,
pregúntate por el color del sueño
que camina por la arena
en los días alegres del verano.
Pero si vas y aún me recuerdan,
pregúntales por los pasos
del tigre solitario que aún vive
en sus calles sin que se den cuenta.
Ellos no saben la respuesta.
No la saben, ni la sabrán,
pero te mirarán con curiosidad
como si tuvieras un secreto que contarles.
Algo que no sospechan,
aunque cuando te des la vuelta
será un poco tarde.
Yo ya habré muerto.
Pero la semilla que germina
en los días tristes
llegará con la luz del cielo
y la luz que brilla
atravesará la venda de esos ojos ciegos.
Si vas a ese lugar, si vas,
y no saben nada de mí,
aunque no lo creas,
el tigre volverá a la selva.

De Pastel de nirvana, Ed. Cálamo. KM, 2018.

Señor

Señor, tú que pusiste
nombre a la luz,
dame un cuerpo
que refleje mi mente
y dame una mente
que dignifique mi cuerpo.
Dame el entendimiento
para entender
lo que no comprendo.
La visión para ver
lo que está más allá de mí.
El cielo transparente
dentro de mi cuerpo.
El destino incierto
que respira
en mi pensamiento.
Y no me abandones
a las palabras sin sentido
y no me aísles
en el silencio invisible,
el más extraño
y duradero.
Dame fuerzas
para combatir
ese vacío que me tienta
y del que no reniego.
Dame nuevas razones
para descubrir
lo que me confunde.
Y dame paz
ante la incertidumbre
y vida con un significado
más allá de la muerte,
tal como me das
el aire que respiro
o me susurras
con una sonrisa benévola
los poemas que escribo.
Dame fe en el amor,
alegría en el sufrimiento.
Extrañamiento para salir
de esta confusión
y superar semejante misterio,
para descansar al fin
ante lo que no entiendo
y ante lo que pudiendo ver
aún no veo ni comprendo.
Y en el silencio extraño,
el más duro
y el más duradero,
dame un soplo de aire
ante lo que puede parecer
un último gemido
y parece que desfallezco.
Un rayo de luz siquiera
cuando vuelva
en una última mirada
antes de quedarme vacío
y sin aliento
con mi nombre tendido
sobre la piedra del camino.
Sobre la sombra
de mi infortunio
en medio de mi destino.
Señor, tú que pusiste
nombre a las cosas
y llenaste de aire
las palabras que pronuncio,
dame un suelo firme
que aguante mi suerte
y dame un sentido
que dignifique mi alma.
Ese entendimiento
que a veces me falta
para entender
lo que no comprendo
y es tan cierto
cuando me pregunto
el porqué de lo que me pasa,
como es eterno y frágil
el mundo y el hombre
en el que vivo
y en el que me has convertido.

De Lo que veo yo cada noche, Ed. Luces de Gálibo, KM 2017.

Eso que nos pasa

Miremos a la ventana y veamos
el cielo petrificado de la niebla.
La luz apagada en un color grisáceo
o el vuelo oculto de los pájaros
con plumas blancas y moteadas
cuando no sabíamos que existía esa especie.
¿No piensas en el amor?
¿De verdad no te pasa?
¿De verdad no te pasa a menudo
como cuando acudes a un museo
y en la sala vacía
hay un cuadro esperándote
y pintado por un artista
que murió hace tiempo?
Fíjate bien: es ese cielo,
el mismo que tú ves por la ventana
un día de abril cuando parece
que llueve, pero no es así.
Es ese árbol, el mismo
que tú ves cómo crece,
dibujado al detalle, aun de lejos.
¿De verdad no te pasa
creer que lo has vivido antes?
Saber que lo has soñado un día.
Reconocer que alguien habla por ti
cuando quieres decir algo
que va más allá de una verdad a medias.
Fíjate sí, y no gires la cabeza
que se sostiene en la ventana
con el apoyo de unas manos
que se ven desde fuera.
Reposa los brazos en la tierra.
Abre los ojos, espera a no ver nada
en un principio. Siente el viento
en tu rostro y déjate llevar
por el silencio eterno de la vida
que te esperará, como quien espera
sentado sobre sus tobillos,
el primer y verdadero silencio.
¿De verdad no te pasa?
¿No piensas que así es eso
de estar casi siempre a solas
como otros andan enamorados?
Abres una ventana y no ves nada.
La niebla no te deja ver unos metros,
luz blanca y humo blanco
que surge de una chimenea inexistente.
Pero sabes que no te detendrás pese a todo.
Que te atreverás a mirar más lejos
por si algo se abre entre la nada.
Que volverás a respirar el frío helado.
Que volverás a pensar ya lo he visto antes.
Ya lo he vivido en algún momento
cuando aún no sabíamos
qué era eso que nos pasa.

De Escribir la distancia KM, 2012