El aire que respiras

Nueva antología poética preparada por Kepa Murua, disponible para Kindle y tapa blanda en Amazon.

93 páginas
Editor: Independently published (3 de julio de 2019)
ISBN-10: 1077895283
ISBN-13: 978-1077895287
Dimensiones : 15.2 x 0.6 x 22.9 cm

En esta antología Kepa Murua recoge sus poemas más conocidos. Son cuarenta y dos textos que hacen parte de la producción artística del escritor en estos últimos treinta años. Un libro esencial para conocer al poeta, su estilo y la fuerza que transmite con su voz inconfundible y profunda.

Más información: https://www.amazon.com/dp/1077895283?ref_=pe_3052080_397514860

Entrevista en la revista Pérgola

Bilbao, por Alex Oviedo.

 “Reivindico el oficio de poeta”

Seis poemas por cada uno de sus dieciocho libros conforman la primera antología  de Kepa Murua, El cuaderno blanco, un poemario surgido a partir de un trabajo de la poeta Catalina Garcés, “que conoce mi obra, hizo una selección y escribió un bonito prólogo; y de la apuesta de Javier Fernández Rubio, editor del Desvelo, que ya había publicado mi obra narrativa”.

– ¿Por qué una antología?

Me sirve para presentarme a los lectores que quizás no me conozcan o a aquellos que no pueden encontrar algunos de mis poemarios.

– ¿Se ha reconocido en esos poemas?

Sí, y eso que tenía cierto temor. Veo a un joven perdido, desorientado, pero con ganas de reivindicar su voz poética. En todos los libros subyace esta reivindicación del oficio.

¿Hay diferencias entre el poeta de antes y el de hoy?

El cambio radical de mi poesía comienza con los poemas publicados a partir del 2011: Lo que veo yo cada noche, Ven, abrázame y Escribir la distancia. Estos libros tenían como colofón La felicidad de estar perdido, un canto amoroso a la aceptación de la vida, pese a torpezas o sinsabores. Creo que en ellos, o en otros anteriores como Siempre conté diez y nunca apareciste, estaban algunas de las claves de mi poesía: el amor, el desamor, el deseo, la aceptación o no de la realidad.

– Siempre pensé que su cambio poético era El gato negro del amor.

Quizás porque en ese libro aparece una voz más narrativa. Con él pasó algo curioso: se publicó al tiempo que Poesía sola, pura premonición, un volumen extenso que pasó, sin embargo, desapercibido. El gato negro del amor tuvo mucho más recorrido crítico y de lectores, con esos poemas a mi padre, a mi madre…

– En su trayectoria hay libros escritos durante años: Poesía sola, pura premonición, Autorretratos...

Trabajos que empecé hace treinta años. Comencé Poesía sola, pura premonición en Berlín en 1989, un libro que tardé en cerrar más de una década.

– ¿Berlín tuvo mucho peso en su poesía?

Sin duda. Era un joven sin expectativas laborales, que no quería atarse demasiado; y además de quitarme la losa del terrorismo pasé de un pueblo como Zarautz a una gran capital en la que abundaba el arte. Conocí a artistas que con poco hacían mucho y que reivindicaban que ya lo eran aunque no tuvieran obra. A mí me daba vergüenza decir que era poeta porque apenas tenía un libro –Abstemio de honores se publicó entre mis ideas y venidas a Berlín-. Incluso el germen de la editorial Bassarai nació de allí.

Julio, 2019

Los lunes

Fragmento de la novela inédita El Escuchador.

Me gustan los lunes. Se suele afirmar que lo mejor de cada día es el día siguiente. Hay algunos que aseguran que lo mejor del lunes es el martes o que lo mejor del jueves es que ya se acerca el viernes, y que este se acerca, además, con el fin de semana a la vista. Quizá sea el domingo el día más raro de todos: para muchos aburrido hasta la saciedad, para otros ligero, que pasa sin que pase nada, que va a la suyo, sin que se haga nada especial. Me gustan todos, el domingo, el lunes, el martes, el miércoles, el jueves, el viernes y el sábado, en un orden que se corresponde al calendario americano y que no se estila en los que se imprimen en la vieja Europa. Me gusta fluir con los días mientras saco el máximo provecho de las horas, de los minutos y de los segundos, que parecen tan poco cosa, pero que son tan importantes. Y ¿qué tiene este lunes para que sea tan bueno como otros lunes pasados que fueron excelentes? Pues tiene lo que ha de tener un buen día: lluvia, sol, viento, calor, humedad, luz y toda la atención y la visión, por mi parte, del mundo que me rodea para pensar que también hoy será un gran día, pese a las sorpresas de última hora. Me gustan los lunes en los que me dirijo a las oficinas de la institución provincial y entrego mi respuesta con la consiguiente decisión del premio literario. El funcionario que me atiende, el responsable del premio cultural, el mismo que me ofreció el trabajo, el mismo que me detalló los pormenores del servicio, me trata con amabilidad, me hace pasar a su despacho, me invita a sentarme en la mesa redonda de la entrada para hablar sobre el material recibido, el modo de lectura realizado, y sobre la valoración y las palabras que les he escrito, a modo de acta, y puedan justificar la decisión adoptada. Me gustan los lunes, aunque este señor no cumpla con su palabra y en un momento se me venga el mundo abajo. No es que el mundo haya sufrido un terremoto y que este haya derribado el vetusto edificio del siglo XVIII y dentro de él hayamos sido arrastrados a los infiernos y sepultados entre los escombres y cascotes que cayeron sobre nuestras cabezas, sino que sobre nuestras cabezas y especialmente sobre la mía, cuelga como una espada de Damocles –que es toda una duda de intenciones–, el recuerdo del aquel primer encuentro donde este mismo señor, que ahora revolotea por su despacho, me habló de la cantidad que iba a recibir por este servicio que ha tenido sepultado mi cabeza entre tanto poema y tanto posible premio durante días. Si mis notas no fueron producto de mi imaginación o de mis ganas de ganar un dinero extra que no me correspondía, puedo decir que el tipo me habló de 2.160 €. Pero cuando entramos en detalles monetarios, como colofón de un encuentro amable y de un diálogo profesional entre las partes, él, que tiene la sartén por el mango, que ya está sentado en su mesa rectangular, y que mira al techo, como si fueran a caer ya los primeros cascotes, me confirma que cobraré 1.256 €, ni más ni menos, porque solo eran 1.590 € los que se comprometió a pagarme, a los que finalmente deberemos quitar la parte correspondientes al IRPF, que asciende a 333,90 €. En cuanto al IVA, con una sonrisa que sospecho antecede a la masacre, me dice que esté tranquilo porque esta vez no hay que incluir en la factura. Sus palabras van del techo al suelo de la habitación, yo las escucho con un eco retorcido, y después de descubrir sus cartas, el diálogo se convierte en un monólogo que parece justificar el cambio de decisión que afecta a mi trabajo y a mi bolsillo y que yo, porque el oficio va por dentro, escucho con deferencia, impasible, pero mirándole a los ojos como si con ellos lo interrogara sobre la nueva noticia mientras lentamente me acerco a su mesa y me siento delante de él, como si quisiera escucharlo un poco más cerca o quisiera ver cómo le temblaban los labios cuando las frases que pronuncia salen de su boca. Cuando se empieza a poner nervioso comienza a perder la calma del principio y se pone a despotricar sobre la crisis y sus consecuencias de una manera que juzgo como acelerada y demagógica al mismo tiempo. Yo miro a sus ojos, a su bigote blanco, a su pelo cano, a su rostro moreno, a sus brazos peludos que salen de la camisa a cuadros, excesivamente planchada para mi gusto, y lo escucho como El Escuchador en el que me convierto al instante por arte de magia, en pura calma, en ser sin nervios, espero a ver qué dice, por si quiere que lo ayude o puedo decir –por qué no– también algo. Pero es él quien necesita que lo escuchen y yo el que no abre la boca, aunque en su fuero interno piense que soy un gran conversador, por más que solo pueda introducir alguna onomatopeya o una palabras entre medio como “ah” o “vaya” o alguna expresión un pelín más elaborada como “¡qué cosas!” que me sirven para dirigir la conversación, por más que él no lo sepa. El tipo, que va a la suyo, me cuenta que las instituciones no hacen lo que hacían, que dejaron de suplir a la empresa privada porque tampoco ellos tienen el dinero que disponían antes y que como se les ha reducido el presupuesto y ya no hacen libros ni catálogos ni nada, pues que las imprentas y los gabinetes de diseño han cerrado en la ciudad, porque la institución era su mayor y único cliente. Y que en esta ciudad, como en la mayoría de las ciudades europeas, solo se dan ayudas al fútbol y al equipo de baloncesto porque los políticos piensan que prestigian a la administración, aunque luego seamos nosotros quienes paguemos la entradas de nuestros bolsillos cuando antes, con nuestros impuestos, hemos pagado las últimas obras del estadio o las últimas inversiones necesarias para que el equipo siga como hasta ahora. Me gusta escuchar los lunes; puedo estar decepcionado por los resultados financieros de mi trabajo, pero lo escucho con tranquilidad mientras me lo imagino en la tribuna del estadio y en los primeros asientos del polideportivo en unos eventos deportivos a los que yo no puedo asistir ni tengo la intención de hacerlo. “Tal como están las cosas, es lo que hay”, dice por último, como colofón a una charla ensimismada y dispersa que acompaña con un movimiento de brazos, manos y dedos que no paraban de girar y de moverse sobre un eje invisible que oscilaba cerca de su camisa a cuadros y que yo controlaba con la mirada para que no pasara al otro lado de la mesa, no fuera que ahí mismo comenzaran a caer los primeros cascotes o pedazos del techo sobre nuestras cabezas. “Tal como están las cosas, y visto lo visto, se ve que he de salir de aquí con paciencia”, me dije sin más mientras me asaltaba una última idea de pura supervivencia por si el edificio estallaba por los aires y los pasillos de madera y pared blanca comenzaban a convertirse en papel y cartón sobre un suelo inestable o inexistente que no nos pudiera sostener a los dos cuando avanzáramos en busca de la salida. Ahí mismo, afuera de su despacho, frente a los dos ascensores que seguían firmes en su puesto, como dos soldados impertérritos en su garita de cobre de color platino, me despedí de su camisa a cuadros y de su bronceado de verano permanente y aunque debía ser él –porque era el jefe, el señor funcionario, el tipo que tenía un trabajo seguro, que cobraba todos los meses, tuviera o no trabajo– quien podría animarme a mí, tal como están las cosas y viendo lo que vi y oyendo aún en mis oídos lo que escuché de su boca, soy yo el que lo hace. Al despedirme recuerdo que le dije: “ánimo”. El tipo me sonrió, le di la mano y salí al exterior donde la luz blanca del mediodía me esperaba para decirme que el mundo sigue en su sitio, que fui engañado de nuevo, que me han tomado una vez más el pelo, y que sin embargo estas cuestiones ya no me afectan como antes porque me gustan estos días, estos lunes, en que las cosas no salen como uno esperaba que salieran, pero donde los edificios siguen en pie y los hombres siguen en sus puestos, cada uno con sus valores y con sus renuncias, en un diálogo que necesita de alguien más para que todo el mundo se escuche, al menos una vez en la vida, por más que se diga una cosa y sea otra, por más que se haga una cosa y se esté pensando en otra, por más que se quiera ser alguien y se termine por ser una persona distinta.

Impresiones de la Feria del Libro de Madrid 2019

El 15 de junio de 2019 llego a Madrid; en la última semana de la Feria del Libro he de firmar en la caseta de Cálamo los libros publicados con la editorial que dirige con acierto José Ángel Zapatero. El sábado me presento puntual en el lugar convenido y el editor me atiende con su amabilidad característica. Hace tiempo que no salgo de casa y siento un cierto nerviosismo ante este lance que me situará ante tantos lectores que pasan por delante de uno sin fijarse siquiera y me enfrentará a los lectores que se acercarán a la caseta 295 para que les firme sobre las primeras páginas en blanco el libro de poemas, Pastel de Nirvana, o sobre la portadilla de las memorias que publiqué con el título, Los sentimientos encontrados. Madrid es una ciudad que me gusta, pero apenas tengo amigos en ella. Los escritores firman sus libros en las casetas, oigo los nombres de unos, a los que reconozco, y de otros que no sé quiénes son.

Me alegro por el sol, la luz, el calor, el buen tiempo y agradezco la presencia de tantos lectores que compran los libros, así como de esos autores, hombres y mujeres, que engrandecen nuestro oficio. En mi caso, no son muchos los que me buscan; soy uno de esos paracaidistas que aterrizan en el Parque del Retiro sin un anuncio previo o una obra reseñada en los medios que difunden la cultura. Debería decir que son pocos, menos de diez y más de cinco, todos ellos elegantes, inteligentes y educados. Más mujeres que hombres. Me he aprendido los nombres y he memorizado sus caras, por si me vuelvo a encontrar con ellos en un futuro. Hace tiempo que dejé de creer las palabras de aquellos que dicen que vendrán y no vienen o de aquellos otros que se comprometen a pasarse y no pasan. Estos pocos lectores son lo mejor que me sucede en una mañana de sábado acompañado de mi editor, una persona que ama los libros y que me asegura, en voz baja, que este años la feria ha sido muy buena: “en todos los sentidos” dice. Tengo tiempo para pasarme por algunas casetas y fijarme en sus publicaciones y autores. Compro siete libros, uno de plantas y filosofía, para mi esposa, tres de poesía, publicadas por editoriales independientes que están realizando una labor encomiable, una biografía tocada por una tristeza que conmueve y una novela que Borges recomendaba a sus amigos. El séptimo libro lo compré por la tarde. Es el catálogo de la exposición de Tetsuya Ishida que pude ver en silencio en el Palacio de Velázquez del Parque del Retiro, su título: Autorretrato de otro.

Kepa Murua: “También en el fracaso se puede encontrar la felicidad”

Por: Nekane Vado

Kepa Murua (Zarautz 1962) nos ha embelesado con su poesía en muchas ocasiones. Más de 30 años avalan a este escritor que tiene en su haber mumerosos libros de poemas y tres novelas; y muchas libretas guardadas, llenas de frases, versos e ideas que algún día verán la luz, como ahora lo hace “El cuaderno blanco” (El Desvelo Ediciones) su inmensa antología poética, para la que Catalina Garcés ha seleccionado 108 poemas: desde “Abstemio de honores» (1990) hasta “Pastel de Nirvana» (2018). La poesía de KM nos retrata minuciosamente la realidad del mundo y lo hace de forma paralela a su propia imagen, con una sinceridad de sí mismo y de otros que bien podría ser el espejo común en el que la humanidad se ve retratada y Kepa Murua lo descubre sin miedo.

¿Por qué ahora una antología?

Catalina Garcés, que también ha escrito el prólogo, estaba preparando un trabajo sobre mi obra, el editor se enteró y de ahí salió la propuesta de esta antología poética, enteramente seleccionada por ella. Y  esta selección, probablemente muy distinta a la que yo hubiera hecho, me ha sorprendido satisfactoriamente: me da una nueva visión de camino que me reconforta.

¿Llegan los jóvenes a su obra?

Yo tengo muy claro que no es posible existir sin ser leído. Y dentro de ese campo de lectores, a mi me da mucha alegría el lector joven. Me llena de satisfacción ver como ahora un grupo de adolescentes de la ESO ha elegido mi obra para hacer un trabajo de curso. También recibo cartas de jóvenes poetas latinoamericanos que me piden consejo, porque allí hay un gran movimiento literario.  Agradezco a todos mis lectores que estén ahí, apoyándome.

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“Hay días en que las manos en alto son treinta noches sin pronunciar palabra” (2009) ¿Estos versos hablan de KM?

Todos mis versos son un refugio, porque en los momentos de soledad y desasosiego, sobre todo en aquellos años de plomo (violencia de ETA) la sensibilidad que yo percibía la manifestaba en claves poéticas.

¿Qué ha callado en su poesía?

En “Autorretratos” (El desvelo, 2018) muestro algo de mi, de mis emociones a través de las personas que amamos o hemos amado alguna vez; pero generalmente callo buena parte de mi biografía, porque la voz no tiene porque corresponderme a mi, sino al deseo de otra persona, o al mar, cuya presencia me da mucha serenidad. Olvido decir soy yo.

¿Un poema de esta selección?

“Autorretrato con chaqueta verde” es mi seña de identidad, me encantaba de joven esa chaqueta verde y la usaba tanto que o estaba sucia o descosida. Le pedía a mi madre que me la cosiera… ella no quería, no le gustaba que fuera vestido con ella, le resultaba vieja: “La encontré en un armario/oculto de tu casa/y nadie de los que conozco/quiere coserla/porque es muy vieja y muy fea”. Bueno, al final, me la cosió una tía.

En “Autorretrato con guantes de boxeo” conocemos su afición

Si, llevo años con el boxeo, aunque antes de este libro no lo sabia casi nadie: “Para que rechacemos la venganza de los sueños rotos/sigo golpeando el rastro invisible de mi retrato”.

Algunos escritores, sobre todo poetas, dicen que la poesía es la hermana pobre de la literatura, ¿está de acuerdo?

No. Digamos que es la gran desconocida, pero la poesía está en todo, incluso en la Biblia.

¿Cómo se retrata un poeta?

A través de los sentimientos que se reflejan en un paisaje, en la vida, en el amor, en la política… pero no hay que confundir nunca el deseo con el amor.

¿Qué fue antes el huevo o la gallina?

Por supuesto la poesía. Antes de que se pusiera de moda, que se hablara de ella, mucho antes estaba ahí, ha estado desde siempre. Podemos hablar de relevo generacional.

Es un hombre solitario… ¿quién ha acompañado a quién,  Vd. a la poesía o la poesía a Vd.?

Me gusta el silencio y la poesía me acompaña, incluso me ha dado música a ese silencio, proporcionándome mucha calma.

En “La felicidad de estar perdido” (2015) también parece haber mucho de KM

Aquí hablo de la felicidad: “La felicidad de ver el mar/con otros ojos/La felicidad de esperarte/aunque no vengas/La risa, la risa/más allá de la sonrisa/o la bendición de las cosas más simples”.  Me siento bien con estos versos. A veces tenemos tropiezos, pero no debemos olvidar que en el fracaso se puede encontrar la felicidad. Quiero agradecer a Javier Sánchez Menéndez (Siltolá)  por la publicación de “La felicidad de estar perdido” un libro que me reconforta especialmente. Tengo varios agradecimientos en esta antología, lo hago con satisfacción.

En un cuaderno blanco/como la nieve que cae/o la mano helada que acaricia tu rostro.. escribía su poema “El cuaderno blanco” (2012) que precisamente da título a esta antología poética ¿Qué hay en tanta belleza?

Mucha sinceridad y la puerta abierta para la libre interpretación.

“Mi madre”, “Mi padre” dos poemas en “El gato negro del amor” (2011) muy especiales

Mis padres me han marcado; ella, mi madre, dando sentido a mi vida, una mujer muy disciplinada y práctica; él, mi padre, que vivía en el silencio, como esos vascos de entonces que les costaba sacar a la luz sus sentimientos. De los dos he aprendido mucho: “A mi madre le gustaba/mirar por la ventana./Podía pasar horas y horas/con los ojos hacia dentro/mirando a la calle”. Con mi padre “A mediodía nos sentábamos/en un restaurante/con un mismo menú/todos los días: vainas y sardinas./Él fruta y yo flan/Él vino y yo agua”. “El gato negro del amor” es una poesía balsámica: me sobrevino el divorcio, un desgarro vital y familiar, tenía que contarlo, pero salvaguardando la intimidad, y conté una historia de gatos, me hice un ajedrez de gatos. Porque no hemos de olvidar que lo escrito permanece, el trabajo queda ahí.

¿Siempre ha querido ser poeta?

De muy joven marche a Berlín. Allí hice un  buen amigo. Allí escribí mis poemas y allí me dije que quería ser poeta. Mi buen amigo me dijo: “ya lo eres”. Soy poeta desde siempre. Me acuerdo como era, quizás haya perdido aquella frescura de la juventud, pero estoy contento con lo que se ha convertido ese joven.

¿Como es el KM de ahora?

Cada vez más trascendental, me acerco al canto y al relato poético que transforma el mundo literario hacia el sentido de la vida.

En 2017 escribe : “Me duele el corazón al sentir los pasos equivocados del mundo…” y en 2018 pide: “Quédate a cambiar el mundo desde tu casa”. ¿Hay un KM reivindicativo ahora? ¿Puede tener la poesía ese poder?

El poeta no pude mentir. Aún siendo con metáforas, hay que constatar la realidad. Es un valor que trasciende y por ahí van mis apuestas.

Tiene imagen de duro…

Es una imagen que ha salido de los medios de comunicación y no lo entiendo muy bien porque yo me considero un hombre tierno, incluso ingenuo, pero doy la imagen de duro y eso me marca mucho. Somos como nos ven los demás, por ejemplo en Latinoamérica dicen que hay una voz muy tierna y dulce en mi, pero la luz que proyecto aquí creo que es más estereotipada. Decía Balenciaga que la fama es transitoria y que solo queda la ropa bien hecha.

¿Tiene nuevos proyectos?

La buena literatura tiene distintos registros y distintas voces. Yo me considero un escritor y me falta el teatro, así que haré algo, tengo alguna obra ya en mente.

“El secreto del mundo, la soledad no deseada: lo que para unos es el norte, para otros el sur” ¿Es buena la soledad?

Yo no me considero solitario, aunque si me gusta el silencio.

La soledad no deseada duele y estamos en una sociedad que está llorando demasiado de soledad. Mila esker KM.

Enlace: https://lasentrevistasdenekanevado.com/2019/05/29/kepa-murua-tambien-en-el-fracaso-se-puede-encontrar-la-felicidad/?fbclid=IwAR3EPCrfqolKuqG8yPxSw7fsDYE49Y9oSogma8qab9vIVmWUAI-b1-hCluA

Reseña. Antología poética de Kepa Murua «El cuaderno blanco»

Sábado 25 de mayo de 2019. El Diario Vasco

Kepa Murua (Zarautz, 1962) reúne en El cuaderno blanco un centenar de sus poesías que recorren toda su trayectoria desde que publicó Abstemio de honores en 1990. La selección ha sido realizada por Catalina Garcés Ruiz, que en el prólogo define su poesía como «una lucha no armada ni extrema, sino artística, usando la palabra creadora que año tras año se va acercando más al canto y a la oración». La prologuista concluye que esta antología permite encontrar una ruta creadora que durante las tres últimas décadas ha seguido Murua, «de cómo poco a poco ha dejado de ser lamento para convertirse en oración y cómo de oración ha pasado a ser un llamado a la consciencia de todo ser humano». I.U.

Tangomán

Una música diferente

¿Cómo podría encontrarla? Sí, a ella. A esa mujer que miraba en las mañanas de un invierno en el que caminaba tras mis propios pasos. No sabía por dónde empezar, no sabía cómo dar con ella. Y su ausencia me desconcertaba. Hacía meses que no la veía, que no me cruzaba con su figura por más que insistiera en caminar por los mismos lugares donde antes nos cruzábamos todos los días. No sabía su nombre, tampoco su edad ni mucho menos qué hacer para averiguar algo, una pista, un detalle, que me pudiera llevar hasta esa mujer que me atraía como un imán. Estaba perdido; podía recordar al detalle su cara: el tono blanco de su rostro, el rímel remarcando sus ojos, su nariz afilada, sus labios delgados. Ella era joven, mucho más joven que yo. Una mujer como otras, como otra cualquiera, pero al mismo tiempo diferente, enigmática, una desconocida que me atraía como hacía tiempo que no me atraía ninguna. Me encontraba desorientado. Desconfiaba del azar y no sabía dónde dirigirme para encontrarla. El mundo de las mujeres seguía siendo un misterio para mí. Un mundo extraño, ajeno, en el que siempre estuve perdido, confuso, intimidado, porque nunca las pude comprender del todo. Pese a las experiencias que viví y que se prolongaron con los años, pese a las relaciones que mantuve, podría decir sin miedo a equivocarme, que no las conocía de verdad. Apenas sabía qué pensaban, casi nunca si me amaban. No podía sospechar en qué mundos vivían sus sueños; jamás si era verdad lo que decían.

No tuve suerte en el amor. Las mujeres que se me acercaron lo hicieron por algún interés extraño. No es que fuera un tipo interesante, todo lo contrario: era serio y aparentemente aburrido. No tenía dinero y, por no tener, no tenía ni futuro. No tenía algo que ofrecer, vivíade mis sueños, andaba enfrascado con mis libros y revistas y mi incapacidad de amar era notoria. Entre quedar con ellas o quedarme en casa leyendo, tirado en el sofá y escuchando música, elegía esta última opción porque no quería perder el tiempo pronunciando tantas palabras hasta la extenuación, sin que pudiéramos llegar al fondo de sus anhelos o deseos, y sin que pudiera conseguir acercarme a ellas de un modo diferente, natural, de otra manera. Con algunas pocas llegué a convertirme en ese amigo imprescindible, en un joven al que se le pueden confesar sus secretos porque no abrirá la boca. Solo ahora me pregunto: ¿para qué tanto pudor por su parte y tanta fidelidad por la mía en una amistad en el fondo intrascendente? Ellas no se merecían nada especial, nada anormal, e incluso algo, no sé qué, más elevado que las mismas acometidas de la vida real, tan preocupadas como estaban con sus enamoramientos y sus ligues con chicos más guapos y más altos que yo. Eran, lo sé, las mismas acometidas que sufríamos los chicos, pero para nosotros eran de otra manera. Sentíamos que éramos esos que no podían acostarse con ellas y llegar a tocar, al fin, un cuerpo desnudo, tantas veces soñado como tan pocas veces dibujado con exactitud con las manos.

Esta podría ser, en síntesis, la metáfora de mi existencia. Cuando era un chico fui un mequetrefe con cara de mono, uno de esos pequeños titís que hacen muecas continuamente, pero en mi caso, todo hay que decirlo, sin gracia. Mi figura, pequeña y delgada, no merecía reseñarse en ninguna página o álbum familiar. Era el más feo de los hermanos. El único chico, al que daban por imposible, el que no supo andar hasta bien cumplidos los dos años. El que aprendió a hacerlo con un tacataca y corría luego, a los años, de un lado a otro con las piernas torcidas, el culo prieto y siemprecon un libro bajo el brazo.

Un tipo peculiar a los ojos de los demás. No era, desde luego, lo que se conoce como “un buen partido”, y quizá por eso me sorprendió la noticia de que hubiera una chica con ganas de conocerme. Yo me fijaba en las más guapas, pero inevitablemente aparecían las feas. Soñaba con las mujeres hechas y derechas y aparecían las deformes. Y por lo que sentía y escuchaba a mi alrededor creía que todos los chicos pensábamos en el sexo, pero, en vista de las pocas mujeres que conocía, este comportamiento, al parecer tan masculino, no era del todo cierto, pues a nuestros ojos ellas eran diferentes y preferían enamorarse en citas señaladas como el día de san Valentín. Mis hermanas lo hicieron hasta cumplir los quince años, aunque luego, cuando empezaron a salir con chicos muchomás mayores que ellas y abandonaron de golpe la casa familiar, parece que olvidaron rápido, muy pronto, este tipo de romanticismo femenino. También pude aprender, más tarde, que muchas de las mujeres, quizá la mayoría, buscaban casarse con alguien que les diera equilibrio y confianza. Alguien, uno cualquiera, capaz de responder al perfil de un candidato que no podía ser yo. Pero en esto del amor jamás he conocido esa confianza, ni mucho menos ese equilibrio que se define como una fuerza o un rasgo de la personalidad que no se sabe bien qué es, pero que debe presentarse con sustancia, con más fuste del que yo disponía, por ejemplo, en una relación de pareja que pretende prolongarse en el tiempo.

Mis hermanas me reprochaban que yo no sabía nada, pero a Adela le gustaba lo que decía, o lo que salía de mi boca, aunque no entendiera gran cosa. Adela tenía las tetas grandes, creo que eso me atrajo desde el principio, pero no le gustaba mostrarlas, pues estaba acomplejada porque le pesaban y le encorvaban un poco la espalda. Solía llevar una camisa ceñiday un jersey que le tapaba casi el cuello y llegaba hasta sus caderas. Su melena rubia era corta; su pelo, lacio; su cara, blanquecina. Tenía un culo redondo y unas piernas de futbolista que le hacían menear el cuerpo cayendo de unlado, apretándose a mí, mientras caminábamos por el malecón que llegaba hasta la playa. Ella apenas abría la boca, no decía una palabra; yo intentaba por todos los medios hablar de lo que pensaba que podía interesar a una mujer, pero parece que no daba en el clavo y seguía sin más una perorata que escuchaba en mi cerebro. Ni a ella ni a mí nos preocupaba demasiado que lo nuestro funcionase con una lógica aplastante. Creo que aquella conversación servía–como en tantos casos donde un hombre pasea con una mujer– parallenarde algunamanera el vacío, o porque a la escasa inteligencia de la chica se le podía sumar el claro ofuscamiento del chico. Esa extraña confusión que sufría yo ante el bamboleo de aquellos dos senos subiendo y bajando por el jersey de lana y la camisa apretada contra su pecho cuando íbamos juntos, uno muy cerca del otro.

Fue mi primera novia, y la verdad, ahora que lo pienso, es que no sé cómo llegamos a comprometernos. No recuerdo lo que dije ni si lo dije, no sé cómo diablos funcionó, pero, fuera o no cierta la necesidad de dos seres cándidos y perdidos en el mundo del amor o del deseo, me recuerdo sin más quedando con ella tras la escuela para escaparnos por las casas alejadas del barrio durante muchas tardes de invierno donde la lluvia no desaparecía de nuestra vista y todo era muy gris y parecía aún más oscuro.

Entrevista en El Diario Vasco

Kepa Murua: «Ser un ‘autor de culto’ estará bien en el rock, pero como poeta me ha pesado»

Por Alberto Moyano. SAN SEBASTIÁN.
Martes, 7 mayo 2019, 06:51

En ‘El cuaderno blanco’ (El Desvelo Ediciones), Kepa Murua (Zarautz, 1962) reúne 108 poemas de los diecisiete poemarios que ha publicado en los últimos treinta años. Antologado y prologado por Catalina Garcés Ruiz, el escritor zarauztarra reconoce que esta selección le ha permitido observar su obra desde nuevas perspectivas y comprobar que aún se reconoce en cada uno de los volúmenos que ha escrito a lo largo de su dilatada trayectoria.

  • ¿Por qué era éste el momento oportuno para una antología?
  • Esa una pregunta interesante, fueron varias casualidades. En primer lugar, porque después de treinta años de escritura, merecía la pena una mirada hacia mi obra. Por otra parte, aunque como editor fui reacio a las antologías, se me brindó la oportunidad. Catalina Garcés estaba estudiando mi obra y a la vez, preparaba una antología. Y cuando me la presentó el primer sorprendido fui yo porque uno se hace una especie de resumen poético, pero esta antología me retrataba muy bien, pero con matices sorprendentes.
  • ¿Cuáles?
  • Por ejemplo, yo siempre pensé que era un poeta más íntimo que público, en el sentido de que no trabaja tanto los espacios sociales, pero Catalina me hace ver que lo político, entendido como el conocimiento del hombre, también estaba ahí, sólo que quizás mi mirada era más intimista y lo trataba desde un punto de vista más individual. Parece ser que no era así porque los lectores de esta antología le están dando la razón a ella.
  • Esta antología rescata seis poemas de cada uno de los diecisiete poemarios que ha publicado hasta el momento. Visto con perspectiva, ¿piensa que debería haber hecho cribado más?
  • No, estoy contento con cada libro. No soy el clásico autor que sólo celebra su último título. Es toda una andadura, con aciertos y errores. Sí es verdad que me identifico más con algunos libros, pero esta antología me permite ver que estoy en todos los poemarios. Especialmente me ha sorprendido la frescura de los primeros, que me hicieron pasar de ser un poeta de provincias, anónimo y periférico a ser un tanto conocido o a ser definido por la crítica como un «poeta oculto» que, como se dice en la antología, es una etiqueta que me ha pesado para mal.

«Se dice que la poesía es ahora el género de moda; me parece bien, pero no creo que sea cierto»

«El boxeo me ha enseñado, como escritor, dónde puedo pisar y dónde me tengo que colocar»

  • ¿«Poeta oculto» o «poeta de culto»?
  • De culto, alguien que está oculto, que hace rarezas. Esto para el mundo del rock puede venir muy bien, pero en la literatura «de culto» quiere decir que no vendes libros, que vas a tu bola y esto no es así. Muchas veces estos adjetivos tan taxativos lo que hacen es ocultar un trabajo literario muy importante.
  • ¿Cuál es el hilo conductor de esta antología que recorre treinta años de escritura?
  • El amor, ¿no?
  • Sin duda, pero desde perspectivas muy diferentes.
  • Lo que pasa es que en los primeros libros no se menciona tanto el amor como el deseo, la piel, los encuentros, pero en el fondo siempre se está buscando el amor. Cuando hablo de ‘amor’ no sólo me refiero al que se de entre dos personas, puede ser también el que se siente por un lugar o en el ámbito familiar o de la amistad. Otro punto muy importante es el respeto por el oficio y por la palabra. Cuando la palabra se dice se puede olvidar o se lleva el viento, pero una vez que se publica queda ahí y yo creo que, especialmente en el País Vasco, he trabajado mucho el respeto por el significado de la palabra bien dicha, comedida y, más que nada, con humildad porque aunque ahora haya otras personas que digan otras cosas, para mí tiene un carácter muy humilde y un tanto íntimo.
  • ¿A qué se refiere?
  • A que ahora a la poesía se le está dando mucha presencia y mucha fuerza, y se dicen cosas como que es el género de moda. Todo esto me parece bien, pero no creo que sea cierto. Yo valoro la poesía más personal, los autores que te hacen pensar, reflexionar y dudar de cuál es tu sitio y, sobre todo, los que trabajan muy bien el oficio de poeta.
  • ¿Se ha banalizado el uso de las palabras en general y también en la poesía?
  • Ante todo, cada poeta es un mundo y cada libro defiende unas poéticas en una libertad con la que hay que estar de acuerdo. De igual forma, también es verdad que cada uno vibra más con unos autores que con otros y con unas poéticas que con otras. Así como la poesía no sólo está en el libro, sino en otros lugares como la publicidad, el cine, el arte o en una conversación entre dos personas, sí es verdad que últimamente se reivindica una poesía no diría que banal, pero sí que no trasciende tanto en el pensamiento, sino en la realidad que se siente y se ve.
  • De acuerdo con su experiencia, ¿cree que el lector ha realizado una lectura correcta de sus poemas o simplemente no hay una forma correcta de leerla?
  • Lo que me sorprende cuando he escuchado a algunos profesionales leer mis libros de poemas es que veo matices que no había captado. También es verdad que cuando he escuchado a otros rapsodas leer en voz alta mis poemas no me he quedado muy contento porque no me gusta esa sonoridad muy teatral que no va con la lectura más íntima.
  • Me refería al lector común que pueda encontrarse en sus presentaciones o actos públicos…
  • Eso no me preocupa tanto, antes lo hacía mucho más. Ahora la plena libertad de las personas es para mí muy importante. Yo sé por qué lo he escrito y cuál era mi intención, pero si no coincide con la lectura que hacen esas personas no me supone ningún problema. De hecho, son los lectores los que te van diciendo cosas que tú mismo no ves como autor. Y por otro lado, son ellos los que te dicen cómo sienten esos poemas. Con eso ya es suficiente. A no ser que sea un poema cerrado, muy narrativo y sin una interpretación muy lineal, lo normal es que el lector entienda lo mismo que quiso decir el autor.
  • ¿Se siente como un púgil, tal y como se desprende de ‘Autorretrato con guantes de boxeo’?
  • Bueno, sí, yo lo practico como aficionado y muchas de sus técnicas las aplico también a la escritura, más que a la poesía: qué es la disciplina, saber dónde puedo pisar y dónde me tengo que colocar. Ese poema forma parte del libro ‘Autorretratos’ (2018) que habla del poeta y hay alguna pincelada de mi vida íntima que nunca he contado a nadie, como por ejemplor esta afición por el boxeo y los deportes. Y aunque en estos ‘autorretratos’ el primer detalle se quede en el autor, tienen su importancia los pequeños detalles y el paisaje que le rodea. En ese poema al que alude, al final se trata de la propia lucha de uno frente a su propio espejo.
  • ¿Y qué retrato de usted extraerá el lector de este ‘cuaderno blanco’?
  • No lo sé. He recibido varias impresiones, a cada cuál más diferente. Uno no es como piensa que es, sino como lo ven los demás y me ven como una persona osada, quizás también generosa y con una voz muy comedida, según me dicen. Ahora, no lo sé. A veces uno piensa que es tímido y resulta que le definen como osado, o al revés. Lo que más me ha gustado de ‘El cuaderno blanco’ es que los lectores han visto a un Kepa Murua diferente, quizás porque ha podido leer algunos poemas de libros que resultan ya inencontrables.

La libertad, la verdad

Fragmento del libro Poemas de la servilleta

Escribid desde la verdad y lanzaos a tumba abierta a la misma vida, pero escribid de todo: de la vida e, incluso, de la muerte, de la paz y de la guerra, de la revolución si es necesario, del baile, del amor, sobre música, sobre cine, del desamor y del dolor, de combates, de besos, de sexo, de religión, de paz, de Dios, de tantos temas como dedos tenéis para escribir el primer poema en una servilleta mientras vuestro amigo bebe una cerveza a vuestro lado. Hacedlo con todas las ideas posibles que se os ocurran y os ronden por la cabeza cuando estéis solos.

Pero si lo vais a hacer, sentíos libres, respetad el oficio e invocad a las palabras en todos los sentidos y en todas sus formas. Con ruido o en silencio, estando solos o acompañados, siendo aplaudidos o rechazados, sintiéndoos agredidos o sencillamente confortados.

Pero huid de lo que parece que puede ser excesivo o hermoso sin más y huid de las prisas y de lo que os pidan los demás. Huid de las exigencias del mercado, de las presiones de los políticos, de las amenazas veladas de algunos lectores, de las suspicacias de otros escritores, de las solicitudes de los lectores si no coinciden con vuestras necesidades.

Huid de las debilidades de la misma escritura para atrincheraros en la verdad de un estilo propio, único, distinto, una marca ligada a vuestro nombre para poder seguir en una línea que os represente en todos los ecos y sentidos.