Quedamos en silencio

Quedamos en silencio, él no quiso continuar con el diálogo; tampoco preguntó a qué se debía mi interés por recordar aquellos años de plomo y de lluvia sobre el asfalto; y yo, por mi parte, no le dije que pensaba escribir de esos días en que los dos, mucho más jóvenes, recorríamos en su Ford verde el camino de la costa para ir de Zarautz a Arrona, y cómo después de una dura jornada de trabajo volvíamos a casa, tras pasar por la misma curva donde aún hoy, cada vez que paso por ella en coche, me acuerdo de casi todo.

Un adelanto de La carretera de la costa, la novela que publicará El desvelo en 2020.

Un café como recompensa

En la sala me esperan unas ciento veinte personas y tras la presentación por parte del coordinador, comienzo mi exposición que sorprendentemente sale impecable. Muy bien. Mejor que nunca: las ideas vienen una detrás de otra, las palabras salen con claridad y el tono de la voz está donde debe estar, en su sitio. El coordinador me avisó: “es gente dura, son personas mayores, del campo, si no les interesa van a los suyo, pasan de ti de inmediato”. Sin embargo, estuvieron atentos a mis palabras en una hora y media donde les hablé del oficio de escribir, del oficio de poeta, como si el poeta fuera el campesino que cava con palabras su parcela, su tierra. Les hablé de la vida, del terrorismo que se confunde con la revolución e, incluso, del amor. Para terminar elegí un poema que habla sobre la muerte. Estaban tan contentos que me invitaron a merendar. El coordinador añadió: “solo se reúnen en los funerales y en estas pocas ocasiones con el pretexto de una conferencia, pero nunca antes insistieron en que el ponente se quedara a merendar con ellos. Cuando recitaste los poemas, especialmente ese de la muerte de uno, más de uno estaba muy emocionado”. Lo que no sabía el coordinador del evento es que los poemas fueron improvisados. Recuerdo lo que dije a mitad de la charla: “Había llegado la hora de decirle al lector: mira, no has entendido nada hasta hoy, pero ahora lo vas a entender porque te lo voy a explicar sencillamente como a un niño de doce años. Y te lo voy a explicar en poesía contándote historias, mías y de otros, que reconocerás también como tuyas. Porque es entonces que se me mete la vida. Se me mete la vida hasta las entrañas y no me suelta y me golpea y me deja K.O., extenuado, porque me hace daño lo que escribo y porque he escrito un libro de poemas que es como un libro abierto de lo que sucede alrededor”. Que no bebiera vino se podía justificar porque debía volver a la ciudad en un viaje nocturno de unos cien kilómetros. Nada más aparcar el coche en el garaje, antes de subir a casa, entré en el bar y pedí un café como recompensa.

(Fragmento del tomo 2-1 de El Escuchador: Todos sonrieron)

La carretera de la costa

Es tiempo de hablar, de escribir para que los lectores conozcan las diferentes versiones y visiones que tienen aquellos que vivieron los “años del plomo” en el País Vasco. No ha pasado tanto tiempo como se cree y la historia vivida tiene sus fisuras, quizá porque el silencio ha empañado lo acontecido disfrazando con olvido la superación de un problema. Así se teje esta novela que expone la realidad vivida en los tiempos de juventud del hombre que narra. Este diálogo sincero relata las impresiones de un muchacho en medio de la violencia y que solo en la madurez comienza a ser consciente de la tragedia que era todo aquello.

¿Cuántos piensan ahora en la paz y en la bondad de la gente por ejemplo?, y ¿cuántos jaleaban la barbarie con discursos vehementes y razonamientos sentimentales, la mayoría de las veces exagerados? Te puedes imaginar lo que es hablar con un desconocido. Pero si me apuras, podría ser más sencillo y hasta lo contrario: ¿quién sabe lo que de verdad piensa aquel que no conocemos y del que no intuimos ni sus heridas más tibias? Lo que se olvida o lo que no se dice es que alrededor de cada muerto hay más de veinte corazones rotos que no podrán restañar sus heridas, aun cuando pasen los años. ¿Quién me fuera a decir a mí que hoy estaría vivo y que te conocería, además, en el país donde el asesino paseó por sus calles durante años, en una clandestinidad estricta, con un documento de identidad falsificado, con otro nombre, hasta que fue entregado a España?

Fragmento de la novela inédita La carretera de la costa que se publicará en 2020, en el Desvelo Ediciones, y fotografía del autor en los años de plomo que acompaña al texto de expicación del libro.

¿Quién se dedica hoy a la poesía?

17 de febrero de 2006

¿Quién se dedica hoy a la poesía? El reconocimiento en este campo de la vida no da dinero. Tampoco hay otro tipo de recompensa, solo tú frente al espejo.

18 de febrero de 2006

Se necesita paciencia, humildad, conciencia. Se necesita coraje, pasado, memoria. El presente no llega con la identidad transparente, con la normalidad absoluta, sino con la sorpresa o el hallazgo que nos transforma como hombres o como artistas, con ese instante que no se sabe, con ese momento que no se esperaba encontrar hasta que se encuentra.

20 de febrero de 2006

Georg Johannesen acaba de morir nadando en Egipto.

© Tomado del libro Los sentimientos encontrados, Ediciones Cálamo 2016.

Nos hacemos daño

A veces nos hacemos daño. A menudo no lo sentimos, pero guardamos en la distancia cosas que con el tiempo crecen con múltiples aristas en el interior de nuestros cuerpos. A veces son esas palabras no dichas, otras esos gestos que en principio pasaron desapercibidos a nuestros ojos. Nos hacemos daño donde más nos duele, en los ojos cuando no nos vemos, en la piel donde sentimos fuera a nuestros cuerpos. Nos hacemos daño con lo que nos contamos y creíamos que dijimos. Silencio lo que más tarde un breve ruido a nuestro alrededor hizo que diéramos con la melancolía y la nostalgia al encontrarnos a solas porque lo necesitábamos y nada entendíamos. Por qué, nos preguntamos cuando ya no hay remedio. Nos hacemos daño porque sin mirarnos a los ojos no dimos con las palabras que lo descubren todo, o casi todo, porque el silencio bordea la sombra de las cosas cuando no queremos renunciar a ser tal como nos ven los otros.

Fragmento de La poesía si es que existe, Calambur 2005.

¿Para qué sirve la poesía?

Como no sirve para nada finalmente parece que sirve. No sirve para alcanzar el poder, pero sirve para responder al poder con sentimientos cercanos. No sirve para vivir, pero la poesía vive con las palabras. No sirve para enseñar a nadie nada, pero sirve para mostrar lo que acontece por el mundo. No sirve para matar, no sirve para morir, no sirve para rezar ni para jugar con fuego. Pero sirve para emocionar, para vivir en otros cuerpos, para reflexionar y sentir la belleza y hondura de las palabras que nos explican cómo somos. No sirve para amar, no sirve para gritar, no sirve para llorar, pero sirve para sentir el deseo, para alzar la voz en silencio, para que su tristeza te atraviese el pecho. No sirve para liberar a nadie, no sirve para juzgar a nadie, no sirve para lograr la paz. Pero sirve para hablar con libertad, para proclamar la inocencia de las cosas, para rebelarse contra la locura de la historia. No sirve para bailar, no sirve para emborracharse, no sirve para estarse quieto. Pero sirve para celebrar la vida, sirve para embriagarse de otros sentidos, para moverse por otros lugares. No sirve para la muerte. Sirve para la vida. Da vida a los muertos y nombra lo que a menudo no tiene nombre. Como lo que no sirve, pero al final sirve.

Fragmento de La poesía si es que existe, Calambur 2005.

Pregunta a los hombres

Pregunta a los hombres si es lícito
renegar de todo también en el amor.
Pregunta a los hijos si están de acuerdo
con lo que les enseñan.
Pregunta a las madres si aman
la vida que tienen.

Pregunta a las mujeres desde luego
si llevan flores en el sueño
y si sangran en medio del sueño
cuando se despiertan.
Pregunta a los dioses
si se conocen unos y otros.

Pregunta a los poetas
si el canto es música
o si el pensar es lo último
o lo primero del pensamiento.
Pregunta a los amantes
si son conscientes de su riqueza.

Pregunta al sueño si la libertad
siente lo que ven los ojos.
Y si tiene valor callarse
o es preferible huir
de la palabra que se dice
hasta que suene su verdadero eco.

© Del libro, Poesía sola, pura premonición, Ellago ediciones, 2010.

Hartazgo

El artista se harta de lo que muestra el presente, todavía más de la carga del pasado, y se lanza a una búsqueda frenética hasta encontrar en la ruptura de lo establecido las nuevas coordenadas que descubren su talento en el espacio del entendimiento. Todo llega del hartazgo. De la misma manera que el escritor habla del interés del arte por otras cosas, el artista se harta de una vida paralela que le obliga a surcar nuevos mares en la búsqueda de un horizonte imperfecto. Se harta sin darse cuenta del todo, por puro agotamiento, de una eternidad incontestable que es el descubrimiento de uno entre las cosas que nos rodean desde siempre: inverosímiles, caóticas, repetidas, indescifrables, incoherentes, esas que nos atan a la vida con la carga de los sentimientos. Reiterativas, circulares, asombrosas, indefinibles, indestructibles, que nos llevan de la razón culpable a la razón anodina de la existencia. Esas que nos esclavizan y nos atan como personas a una realidad que nos observa sin que sepamos que lo hace. Pero cuando el hartazgo irrumpe con su poderío, la vida comienza a desandar el camino, cansada de ver cómo somos. En realidad actuamos pensando que estamos cambiando del todo. Es el juego del tiempo detenido, puro placer del aburrimiento, seguir adelante con todas las cosas vulnerables que rodean nuestra existencia. Harto de vivir como siempre, el individuo se diluye en el tiempo, se mimetiza en su desesperación pensando que cada vez corre más rápido, dispuesto a crear un nuevo modo de vida, mientras como una nueva religión que ofrece cosas nuevas, el artista resopla en su conciencia hasta convertir su vida en una eterna duda, en un aparente cambio, que le aparte del hombre anodino. Pero cómo se ríe la vida de todo esto al comparar a uno y otro, porque tanto como nos perdemos en una nube de interrogantes que confunden la existencia, hasta que ésta se convierta en soportable, la vida no deja de asombrarnos cuando creíamos que estábamos hartos de todo. Como una necesidad insalvable del hartazgo insoportable, de la vida y del arte. Así de evidente y contradictoria, la figura del hombre moderno.

Tomado de El interés del arte por otras cosas, Ellago Ediciones, 2007.

Un hombre pacífico

Soy un hombre pacífico, sereno, incapaz de hacer daño a nadie, incapaz de matar una mosca, pero en mi profesión de escritor a menudo me comporto como un guerrillero que no quiere dejar muchas pistas tras de sí para evitar futuras complicaciones. No soy un provocador, eso lo dejo para los más exhibicionistas y vanidosos; tampoco soy un loco, eso lo dejo para los que tuvieron éxito alguna vez y se lo creyeron; no soy un ingenuo, pues conozco mejor que muchos las artimañas y componendas del mundo editorial; tampoco soy un iluso, creo que puedo confesar que conozco la corrupción de los premios literarios –a los que nunca me presento–, mejor que esos que hablan de ellos como si fueran otra cosa bien distinta a la que es; no soy un loco ni un vehemente ni un radical, pero siendo pacífico y escuchando a todos por igual, en medio de un ruido que podríamos considerar como razonable para poder subsistir y respirar con decencia, a menudo me comporto como un revolucionario que no quiere dejar muchas pistas tras de sí para evitar futuras detenciones. Con este nombre no me queda otra. Me presento casi de un modo invisible ante los lectores; pasa el tiempo, pero yo estoy ahí, sin que se den cuenta, observándolos, haciendo como que miro a otro lado, pero sin olvidar mis objetivos, yendo tras mis metas, mientras puedo pensar que reivindico la autenticidad de un viejo oficio pese a los posibles encontronazos que se puedan tener y a los fracasos que son muchos más de lo que la gente se imagina.

(Fragmento del tomo 2-1 de El Escuchador: Todos sonrieron)

3 poemas en la revista Athena

https://lnkd.in/gqawDN3

Ah, si tú supieras cómo se vive solo
más allá del encuentro de la muerte.
Más lejos de la ciudad soñada,
atado a un sendero de pocos metros
donde se abre el mar a lo lejos
y los árboles nos muestran la senda del cielo.

Si tú supieras.
Si supieras.
No es un paraje solitario la vida
pero vive a su aire su reflejo.
No es un alma escondida
ni un susurro negado.
No es el frío de la hierba
ni la humedad de la montaña
con el polvo reseco de la autopista.

¿Cómo se dice en tu lengua
la palabra camino?
¿Cuáles son tus aficiones?
¿Cuáles tus distracciones?

(Fragmento de La felicidad de estar perdido
en la revista trimestral brasileña «Athena», nº 9 de 2019).